domingo, 21 de agosto de 2016

Equipo Navazos. La Bota de Manzanilla nº55

Hoy he tenido un sueño. Perdía para siempre la posibilidad de adentrarme en la mar. Nunca más podría encontrarme en la soledad llena de pensamientos, de comunicación que viene de alguien más. No volvería a ser rodeado por el horizonte en que el azul del océano se confunde con el cielo. Horizonte que siempre te lleva más allá, penetrando en lo más profundo de tu ser. Hablándote al oído con palabras de amante que sabes infiel.

Hoy soñé que para siempre estaría rodeado por la verde cárcel de los montes. Por los horizontes cercanos y fáciles de ver. Por puestas de sol a las que no puedes alcanzar porque se pierden tras la montaña. Rodeado por mundos fáciles y seguros que no sacan lo mejor de ti. Cercado por el trino de los pájaros que se ríen del marinero que secó los pies.

Hoy soñé que la mar me expulsaba de su mundo, perdidos ya mis años de juventud. Soñé que nunca volvería a encontrarme con sus cambios de humor. Nunca más sentirla plácida, susurrante como brisa que te acaricia y te promete la vida, haciéndote vivir sueños que sabes efímeros pero que te envuelven azules y brillantes. No volver a verla gris, enorme, desafiante. Gritándome con voz ensordecedora, haciéndome sentir el miedo que te penetra en el corazón, y el frío que hace temblar los huesos.

Hoy me despertó el viento de levante. La voz de la mar que llama desafiante, sabiendo que no vas a ir, que como mucho llegarás a unos metros de la orilla. Me acerqué y sentí en los pies la frescura de su caricia. Me adentré un poco más para sentir su abrazo. Falto de pasión. Falso. Hiriente. Sabedor de que no alcanzaré más las cotas de los hombres de la mar.

Vuelvo a casa. Pensativo. Ensimismado en viejos recuerdos que no volverán. El levante golpea mi cara insistente. Compañero en tantas partidas. Amigo absorbente que tantas veces dificulta la vuelta a casa. Esta vez no puedes moverme hacia fuera. La intensidad de los recuerdos es honda, como la voz del cante. Llego de vuelta a casa, y me quedo mirando una botella negra recién sacada de la nevera.

Pequeñas gotas en la superficie que van cayendo muy poco a poco. Vierto un poco en la copa y el vino fija rápidamente mi atención. Recuerdos de vuelta al hogar. Bajamar. Sal y yodo. Sartén con almendras ligeramente tostadas. Brisa del puerto al que acabo de volver. Pastel de almendras en el horno, que hacen para celebrar el regreso. 

Botella de mercaderes sabios. Equipo Navazos reza la etiqueta. Bota de manzanilla nº 55. De mi tierra gaditana a la que tantas veces he vuelto, y en la que no termino de echar raíces. Bebo un sorbo y me gana su frescura, matizada por los recuerdos salinos. Hay algo del alma de la mar en este vino. Y de nuevo la abuela que tuesta avellanas y almendras, rociándolas con algo de sal gruesa. De nuevo los recuerdos de vuelta a casa. Final ligeramente amargo por lo que dejé detrás, superado por el placer de lo que encontré.

Bebo una copa, dos… tres, y las montañas parecen haber abierto caminos. Ya no son amenazantes, ya no encarcelan. El trino de los pájaros saluda al marino que volvió y supo beberse el alma de la mar en esta manzanilla y mirar de nuevo hacia adelante, como hizo siempre hasta que un sueño le encarceló el alma. Ansia por encontrar la puesta de sol detrás de la montaña, por descubrir nuevos caminos en la tierra, como tantas veces los abrí por la mar.

Saca de noviembre de 2014, y la inquietud me acecha de nuevo. Placer efímero. Alma de la mar embotellada que no sé si volverá a curar la añoranza. Me quedo con un nombre para buscar: Sánchez Ayala. Elaborador sabio de manzanillas con nombre de mujer, de cuyas botas salió mi cura. No sé si la tendré mañana. Pero mañana será otro día, y si Dios quiere habrá nuevas historias.