martes, 28 de junio de 2016

Las Moradas de San Martín.

Hace bastante tiempo que conozco a Luis Oliván. Un hombre del vino. La primera vez que le vi trabajaba en Enate. Fue casi al final del salón de vinos YVINIA que organizaba Lavinia, hace ya bastante tiempo. Me ofreció un buen vino, Enate Reserva Especial, pero no era mi momento o no era mi vino. Lo olvidé rápido. me refiero al vino, no a Luis. La ilusión que transmitía, su pasión me marcaron.

Coincidimos después en alguna cata de vinos naturales en Le Petit Bistró. Me extrañó verle por allí. Enate y los vinos naturales no me casaban demasiado, me contó entonces que trabajaba en un nuevo proyecto, en Madrid. Me animó a que visitara la bodega, Por circunstancias lo fuimos demorando. Aproveché para aprender mucho de Luis en aquellas catas. Hombre sabio y ávido de compartir. Coincidimos con Samuel Cano, con Fabio Bartolomei... Me fui empapando de la emoción de estos hombres apasionados por la tierra y el vino, normalmente en ese orden. Pasión, ilusión, vinos honestos, buenos vinos... casi siempre.

Nos encontramos de nuevo en el Salón de Vinos de Madrid. Caté sus vinos. Initio me gustó mucho. tenía que visitar la bodega. Su albillo real era también muy interesante. Necesitaba ver esa tierra. Pusimos fecha dos o tres veces, y por fin a finales de julio llegó el día.

Llega el día y nos ponemos en camino. Me acompaña mi hija Belén. Los dos vamos con la misma ilusión, pero nadie me gana hoy en felicidad. Si la visita es de por sí apasionante, compartirla con mi hija es indescriptible. Charlamos por el camino de lo que vamos a ver. Vides en floración. Campo verde y lleno de vida. Vegetación salvaje, y en medio la mano del hombre que saca de la tierra sus frutos. Emoción. Vida. Energía. Sueños por cumplirse.

Entre tantas ideas y conversaciones nos perdemos un poco. Finalmente encontramos una carretera de tierra que serpentea entre pinos, sabinas y jaras. Campos plantados en los años 40 en los que las aves se encuentran a sus anchas. No hay casi nadie que las moleste. Vemos una desviación a la derecha, cerca de la cual hay un gran transformador de alta tensión, única concesión a un territorio casi virgen, por le que no pasa la gente con frecuencia.

Llegamos y damos una vuelta alrededor de una edificación sencilla, oímos a Isabel decir que baja en seguida. La saludamos e inmediatamente empieza a contarnos el proyecto en que nos encontramos. Viñas muy viejas de garnacha en esta zona cercana a San Martín de Valdeiglesias a las que han salvado de la muerte y que están proporcionando la fruta para hacer un vino que ya es muy bueno, pero que esperan vaya mejorando y se convierta en un grande.

Caminamos hacia una de las parcelas donde hay plantas de unos treinta años llenos de vida. Es una explosión verde. Plantas sanas con un verde brillante. Se ve que las recientes lluvias las han estimulado. Isabel le enseña a Belén la floración de una de las viñas. Cuento muchas inflorescencias, pero Isabel nos dice que estas plantas prácticamente se autorregulan y que prácticamente no es necesaria el corte de racimos verdes para mantener el equilibrio con el follaje.

Vamos hacia otra parcela con garnachas que andan sobre los cien años. Troncos nudosos, pero llenos de vida. El verdadero tesoro de las Moradas. Veo que el antebrazo de Isabel está muy arañado, con algo de sangre. No es una teórica del vino. Le gusta el campo, y no escatima el esfuerzo. Nos cuenta como todo comenzó en 2001, y como estuvieron varios años haciendo pruebas, seleccionando parcelas, descartando variedades hasta que sacaron el primero vino, de la cosecha de 2005. Isabel se debate entre la ilusión de compartir con nosotros la ilusión por su trabajo, y la cantidad de cosas que pasan por su cabeza que tendría que estar haciendo en la viña.

Pasamos hacia la bodega y nos va presentando los cantuesos, la rara jara rosa y sus más comunes compañeras de flor blanca. Vamos reteniendo los aromas del campo, pasando las manos por la lavanda.

En el interior del edificio todo va más rápido, está claro que ya ha explicado lo realmente importante, pero también que no deja nada al albur. Vemos fudres de 500 litros que ya casi no se utilizan. Un buen parque de barricas bordelesas que según nos dice se usan durante varios años. No interesa que la madera tome protagonismo. Nos comenta que no clarifica ni filtra, ya que en su opinión esto es uno de los factores que ayudan a que un vino mantenga su personalidad. No utilizan sulfuroso, aunque no descarta su uso en muy pequeña proporción en algunas de las marcas, cuando le parezca lo más razonable. Nos dice que no está segura que el fanatismo de "cero sulfuroso" sea bueno para el vino. Se ve que trata de huir de normas estrictas.

Subimos a la sala de catas, e Isabel me pregunta que me gustaría catar. Dudo un poco, pero finalmente me decido por un Initio viejo. Quiero conocer la evolución de este vino, que me pareció en el Salón de Madrid una excelente carta de presentación de la bodega. Isabel nos trae una botella de la vendimia de 2005. Quiere ella también probar su estado de evolución. Nos cuenta que se sorprendieron de la lenta evolución de esta cosecha, y de su estructura salvaje.

Probamos Initio 2005 y lo encontramos como un animal salvaje que se ha acostumbrado a tu presencia. Presencia de fruta roja fresca en nariz, muy bien acompañada por hierbas aromáticas y matorrales del campo (romero, lavanda), también notas de naranja sanguina y algunos recuerdos de tabaco. En boca tiene acidez suficiente. Entrada suave y elegante, con muy buena fruta. Tanicidad muy presente y ligeramente rústica. La bestia todavía está presente. Buen volumen y estructura. Finaliza con hierbas aromáticas, notas de piel de naranja, y un ligero amargor elegante.

El vinos tiene todavía recorrido. Nos cuenta Isabel, que ahora tratan de que el vino no evolucione tan lentamente, aunque preservando la capacidad de guarda. El proyecto sigue evolucionando. Aún sólo hacen cincuenta mil botellas, de las más del doble que permite la capacidad de la bodega, pero no hay prisas. Se incluyen provisionalmente parcelas en estudio, que después van siendo incorporadas lentamente. No hay ninguna prisa.

Probamos después una muestra de barrica, y me sorprende que aún cuando hay un claro perfil rústico que necesita ser domado, el vino es agradable. No parece, como decía Isabel que vaya a haber que esperar tanto para que tenga su momento óptimo. Se ve que el trabajo y la experimentación van dando sus frutos.

Belén y yo nos despedimos. Ha sido una mañana increíble. Miro a mi hija y se ve ilusión en su cara. Los jóvenes no son tontos. Saben descubrir la emoción en algo si se la muestras. No son insensibles a la pasión puesta en el trabajo. No les da igual la tierra en la que viven. Espero que no sea la última vez que me acompañe. Seguro que de ahí salen nuevas historias.