viernes, 29 de junio de 2012

Bachelet-Monnot. Sueños borgoñones.

Echaba de menos desde hace tiempo poder acudir a una de las catas coordinadas por Luis Gutiérrez sobre los vinos de Borgoña, que tan bien conoce. En esta ocasión he podido hacer hueco y asistir a la cita mensual,  sobre los vinos de Puligny-Montrachet producidos por los hermanos Monnot.

Cuando Luis nos comienza a contar la historia de estos dos chavales de unos 25 años, que están produciendo vinos con uvas procedentes, entre otros pagos, de un  grand cru de Puligny-Montrachet empiezo a alucinar. La palabra que más se repite en mi cabeza es “sueño”. ¿A qué verdadero aficionado al vino, y en particular, a qué enamorado de la tierra borgoñona no le gustaría estar en su pellejo?

No se extiende demasiado Luis, en esta ocasión, con la clasificación de los suelos borgoñones, o la distribución de los pagos, pasando en poco tiempo a la cata. Estos vinos tienen mucho que decir. En poco tiempo nos damos cuenta de que son vinos muy bien definidos, directos, correctamente estructurados, realizados con métodos muy clásicos. Aunque los hermanos Bachelet son muy jóvenes, también es cierto que son la tercera generación de una familia de productores borgoñones, y está claro que son fieles a la tradición.

El Domaine Bachelet-Monnot se encuentra cerca de Santenay, donde el padre de estos muchachos producía vinos hasta que se retiró, pasando a ayudar a sus hijos en esta nueva aventura. Una parte de los viñedos son propiedad de la familia, y otra está alquilada por un período de quince años. Su propósito es elaborar Puligny clásicos, con buena fruta cítrica, y una mineralidad acusada. ¡Y vaya si lo consiguen!

Comenzamos la cata con un tinto, el Bachelet-Monnot Santenay “Charmes” 2010. El vino está en principio algo cerrado, encontrando en él aromas de setas y monte bajo, con al aireación aparece fruta roja fresca. Aromas sencillos, agradables, y directos. En boca ataca con intensidad y volumen correctos, muy fresco, con un posgusto medio-largo en el que conviven notas cítricas con balsámicas y ciertos toques herbáceos. No está mal este vino, pero por los veintidós euros que vales se me ocurren competidores realmente serios. Muy bueno plus.

El tinto nos deja buen sabor de boca, pero pronto nos damos cuenta de que lo fuerte de esta bodega son los blancos. Comenzamos con el Bachelet-Monnot Bourgogne Blanc 2010. Un vino en el que aparecen pronto las notas de cedro, y ligeros lácteos, con la fruta algo oscurecida. Al airearse la fruta se define mejor  con aromas de manzana, acompañada por limón, y ciertos toques ahumados. En boca es amplio y vertical, con una marcada mineralidad, y una acidez pronunciada, que destaca en cierta forma. Final cítrico y largo. Muy bueno.

Avanzamos con el Bachelet-Monnot Puligny-Montrachet 2010. Un vino cuya nariz me gusta, de nuevo aparece la manzana, con sutiles notas de mermelada. Con la aireación aparecen albaricoques y peras, y detrás algunas notas de frutos secos y sésamo que acompañan bien. Muy bien estructurado en boca, amplio y potente, con buena acidez. Tiene un final medio largo de carácter cítrico. Muy bueno plus.

Seguimos con el Bachelet-Monnot Puligny-Montrachet 1er Cru “Les Referts” 2010. Nos reciben aromas maduros de manzana, con notas cítricas de naranja ácida. Aparecen después albaricoques y aromas especiados, con algunas notas de cedro y ahumadas. La madera está aún un poco marcada. De acidez cítrica marcada, pero muy bien integrada, amplio y con fruta suficiente, graso. Posgusto frutal y ligeramente ácido, que es seguido por una gran fescura. Excelente minus.

A continuación, el Bachelet-Monnot Puligny-Montrachet 1er Cru “Les Folatieres” 2010. Para mí, sin duda, el vino de la cata. Aroma muy agradable, donde las especias la manzana madura y ligeras notas herbáceas forman un conjunto armonioso. Muy por detrás algunas ligeras notas ahumadas. En boca es muy equilibrado y vertical, apoderándose sutilmente de la boca. Tiene un componente floral y cítrico, que acompaña a una marcada mineralidad. Su final es muy frutal, manzana y melocotón se quedan a vivir en la boca con gran frescura. Excelente.

Finalizamos con el Bachelet- Monnot Batard Montrachet 2010, el más modesto de los Grand Cru de Puligny, si modestia es un adjetivo apropiado para calificar unos pagos de tan tremenda calidad. El Bachelet-Monnot Batard Montrachet 2010 tiene un aroma muy mineral en el que destacan la tiza y el fósforo después de una acusada aireación, aparecen posteriormente aromas de fruta blanca (manzana y pera), junto con coco. En boca es un vino que me parece duro y de difícil acceso, pero con los componentes, fruta, acidez y estructura como para tener una enorme evolución.

Los hermanos Bachelet nos han mostrado, de la mano de Luis, su sueño borgoñon hecho una realidad disfrutable. Sus vinos me han encantado, y ya que dar por cumplida una empresa similar queda para mí en el terreno de la fantasía, me limitaré a tratar de que alguna botella de “Les Folatieres” duerma algunos años en mi bodega. Que barato es soñar, pero que caros son los sueños.

lunes, 25 de junio de 2012

Compartiendo vinos con Norrel Robertson

La verdad es que todos los día no tengo la oportunidad de poder acudir una cata en la que todo un Master of Wine me de a conocer sus proyectos y sus ideas sobre el mundo del vino. Está claro que no iba a perder la oportunidad, de manera que después de una breve pero muy interesante visita a la presentación de vinos de Jumilla, salgo disparado hacia el local de la UEC.

El interés no era sólo mío, y cuando llego veo que la sala está casi llena. Me da tiempo a echar un vistazo por encima al folleto que nos han preparado, y me dispongo a dejarme empapar por el conocimiento del prestigioso coordinador de cata que tenemos hoy.

Me llama la atención su dedicación al mundo del vino, pero sobre todo su sencillez y capacidad de transmitir el cariño por su trabajo, que tiene claro que es sobre todo la producción de vinos. Brevemente nos cuenta su trayectoria desde que comenzó como comercial de vinos  en Oddbins (Escocia), para pasar a vender vinos en “primeur” en Londres, y tras sumergirse en el estudio profundo del vino, obtener el título de Master of Wine. No fue esto suficiente para él, haciendo posteriormente un máster en enología en Nueva Zelanda. Tenía claro desde el principio que lo que quería era producir.

Tras ser contratado por la empresa International Wine Services para dirigir varios proyectos en España y Francia, buscó para establecerse un punto central, decidiéndose por Calatayud. Cuenta que una vez que conoció la zona, se sorprendió por la calidad de los viñedos, decidiéndose a hacer allí sus propios vinos. ¡Y comenzamos la cata!

Los primeros son unos blancos de viognier, variedad no amparada por la DO. Calatayud, y cuyas viñas están registradas como chardonnay. Utiliza para vinificar levaduras neutras, y para que los vinos sean fieles al terruño y a la añada realiza un muy buen trabajo con las lías.

Comenzamos por El Puño Viognier 2011 “en rama”, un vino que se muestra muy aromático, limpio, en el que las flores blancas se mezclan con la pera y notas de caramelo. Con la aireación aparecen notas de maderas nobles y lácteos. En boca se presenta con buena acidez aunque no del todo integrada, intenso, con volumen medio y un posgusto dulzón y frutal, no muy largo. Un vino a seguir.

Mucho mejor, El Puño Viognier 2010. El Escocés Volante. DO. Calatayud. En este caso el vino tiene un 5% de uva con botrytis. Su aroma es de intensidad media, en el que destacan el albaricoque en almíbar, suaves notas lácteas y ahumadas. Con la aireación se muestra más floral. En boca tiene buena estructura, goloso, con acidez suficiente, su posgusto es ácido, con un amargor final elegante. Muy bueno plus.

Catamos también el 2009, primera añada que salió al mercado, que me ofrece sensaciones inferiores al 2010, que es la cosecha que actualmente está en el mercado.

A continuación su básico,  La Multa. El Escoces Volante. (100% garnacha) DO. Calatayud. Un vino no muy expresivo en nariz,  con fruta roja madura, y algunas notas lácteas. Es fresco, de volumen medio, ligeramente astringente, tiene intensidad media y un posgusto frutal no excesivamente largo. Muy bueno minus. No está nada mal para los menos de cinco euros que vale.

Las muestras del vino en rama del que será la añada de 2011, una procedente de suelo de arcilla y otra de suelo pizarroso, nos dan idea de cómo identifica el terruño en sus vinos. Uno en el que domina el monte bajo sobre fruta negra madura; y otro en la que hay notas de maceración carbónica, con regaliz. Ambos muy frescos, manteniendo el primero un característico amargor final, y el segundo unas leves notas florales en el posgusto.  La Multa 2011 saldrá de un ensamblaje  de ambos vinos.

Para terminar el vino señero de la bodega, El Puño Garnacha, que sólo se produce si las uvas ofrecen para Norrel una calidad suficiente. La crianza se realiza en barricas de segunda mano que han tenido con anterioridad vinos de Rueda. Catamos en primer lugar una muestra de la barrica cuya acidez y tanicidad hacen prever que tenga una evolución muy positiva. Y después las dos añadas del Puño que existen en el mercado:

El Puño Garnacha 2009. El Escocés Volante.  DO. Calatayud. El vino algo cerrado al principio ofrece aromas de monte bajo, junto con ligeros balsámicos como de hinojo, al airearse va ganando consistencia la fruta roja madura acompañados por vainilla ligera. En boca es fresco, con taninos aún algo vivos, goloso y persistente. Muy buen volumen. Muy bueno.

El Puño Garnacha 2007. El Escocés Volante.  DO. Calatayud. Recibe con aromas de toffee, acompañados por fruta negra, y ligeras notas de arrope, con la aireación aparecen notas sutiles de cáscara de naranja y algunos tostados y vainillas. En boca sorprende su frescura, muy suave y vertical, va ganando intensidad en boca, dejando al final un fondo goloso muy atractivo. Muy bueno plus.

Una buena cata en la que he conocido vinos que rompen los moldes que tenía de Calatayud, vinos frescos y accesibles, auténticos, a unos precios muy moderados. Estoy convencido de que pasarán por mi mesa. Lo mejor, sin embargo, ha sido conocer a un apasionado del vino, que a su bagaje de conocimientos une su sencillez y sus ganas de compartir. Una gran persona más conocida gracias al mundo del vino.

PS. Los vinos de El Escocés Volante se pueden encontrar online en Vila Viniteca.  El Puño por algo menos de 20 euros , y por algo menos de cinco, La Multa.

martes, 19 de junio de 2012

La Despeña. Cata de tintos gallegos.

No cabe duda de que Galicia es una de las comunidades españolas en las que el panorama vinícola se está moviendo con más fuerza en los últimos años. La recuperación de variedades autóctonas por parte de enólogos del prestigio de Raúl Pérez o José Luis Mateos, por citar a dos de ellos de sobras conocidos, está haciendo que se produzcan vinos de calidad contrastada y una enorme personalidad. Vinos de esos que cada año nos ofrecen sensaciones diferentes, porque se hacen sobre todo en la viña, aún cuando el trabajo en bodega sea realizado con esmero.

Cuando en la presentación de la bodega de Alfredo Maestro, Mariano “Mileurista” propuso que en una cata de La Despeña incluyéramos algunos tintos gallegos a ciegas, la idea me sedujo enormemente y no perdí demasiado tiempo en trasladarla a mis compañeros (no sé si despeñeros o despeñados). Rápidamente hicimos un hueco para la cata de mayo.

Tenía yo el “gusanillo” de volver a catar con mis compañeros. Habían pasado tiempos duros que me habían apartado del grupo, y en cierto modo, iba con los nervios del primer día. Aunque las curvas de la carretera de Hoyo no dejan mucho tiempo para pensar, le daba vueltas en la cabeza a los posibles vinos que Mariano nos podía proponer. No duraría mucho la incertidumbre.

Acomodados en la parte inferior del Fogón de Baco nos “enfrentamos” al primero de los vinos. No es excesivamente aromático, pero se detectan con facilidad balsámicos, que recuerdan los eucaliptos, pimienta, notas de lavanda. En boca tiene un ataque suave, muy fresco, con un tanino ligeramente verde, buen volumen y abundante fruta, tan sólo le echo en falta algo de intensidad y persistencia. Sin duda, un buen vino para iniciarse con los tintos gallegos, fino y bien hecho. Al descubrir la etiqueta, vemos que se trata de HUSH 2009, de la DO. Ribeiro, un vino multivarietal de muy buena factura que produce X.L. Sebio. Muy bueno.

Después de este buen comienzo, que no somos capaces de identificar, recibimos al segundo de la tarde. Aparecen con buena intensidad, aromas de tierra humeda y monte bajo, abundantes notas minerales, tinta china y tabaco. Con la aireación van apareciendo algunas notas de torrefacto. En boca lo primero que noto es su acidez marcada, fresca. Algo goloso y bien carnoso, tiene una longitud mayor que el anterior. Su final es amargoso, elegante.

De nuevo estamos un poco perdidos, y de hecho cuando se hace ver la etiqueta, es un vino desconocido para nosotros. Se trata de Valderroas Carballo 2009. Un vino 100% mencía, que pasa por doce meses de barrica usada cuatro años en los blancos de la bodega Valdesil. Muy bueno plus.

Animados por vinos tan interesantes, sale al ruedo el tercero. Un vino en el que de nuevo destacan los aromas balsámicos de eucalipto, algunos destellos de incienso, fruta roja, y menta. Muy personal en nariz, y potente en boca, donde se muestra con una muy buena acidez. Vertical, se muestra sutil, pero con un gran carácter. Largo. Excelente minus.

Alfredo mira un momento al cielo, recibe inspiración y dice contundente, es un Goliardo de Rodrigo Méndez. En efecto, se trata del Goliardo Espadeiro 2010, de la bodega Forja del Salnés, de Rias Baixas. Bien por Alfredo, y por el Goliardo.

Mirando con algo de envidia a Alfredo, nos centramos en el cuarto. Unos curiosos aromas de mango nos reciben, para dar después paso al eucalipto tan distintivo en estos vinos gallegos. Aparece con un poco de aireación la fruta, en la que se entremezclan las pasas con algunas grosellas. Le encuentro incluso algunas notas de arrope. En boca muy fresco, con acidez marcada, y ciertos verdores. Alcohol muy bien integrado. Final en el que se mezclan balsámicos y frutas, con suficiente persistencia.  Muy bueno plus.

Alfredo, recordando la cata de José Luis Mateo que compartimos en La Tintorería, dice sin dudar que se trata de un Quinta da Muradella, y en efecto se trata del alvarello de esta bodega, un vino de la DO. Monterrei. ¡Joder con Alfredo!

Y llega el último, una pena que una cata tan redonda se vaya terminando. ¿Qué nos habrá traído Mariano para rematar? Un vino que aparece muy cerrado con notas de cuadra, que dejan paso a balsámicos  más ligeros que en el resto de los vinos de la cata, una nariz compleja e interesante. Fruta roja madura abundante, con algunas notas ligeras de vainilla, notas minerales terrosas. En boca muy fresco, algo verde y con tanicidad marcada, que junto a su acidez hacen augurar una muy positiva evolución. Posgusto muy complejo, y tremendamente largo. Excelente minus.

El vino me trae recuerdos, pero la memoria no es mi fuerte. Miro a Mariano con mirada inquisitiva, y me dice que no marca la añada. ¡Claro! He catado un 2008  no hace mucho, y es muy similar. Se trata de El Pecado 2010, el vino de Raul Pérez.

La verdad es que La Despeña ha demostrado un gran nivel, aunque me esté mal el decirlo. Tres de cinco de estos vinos de producciones tan bajas no es una mala marca.

Una cata sumamente interesante, que me deja con ganas de continuar disfrutando de estos vinos gallegos, que me hacen creer en esta afición. Vinos extremadamente personales, de productores que asumiendo riesgos notables, que nos ofrecen auténticos productos de la tierra, reflejos de las circunstancias vividas por la viña. Va a haber que seguir invitando a Mariano.

Si queréis encontrar estos vinos (alérgicos a la acidez abstenerse), de escasísima producción, os recomiendo que os pongáis en contacto con Tensi, de Vid'i - Vinícola de Información, apasionada por estos vinos que conoce muy bien.

viernes, 15 de junio de 2012

Villa Paramesa, y alguna cosilla más.

Comienza el último día de nuestra fugaz visita a Valladolid, y nos vamos a dar un paseo por la ciudad, a la búsqueda de un sitio donde poder desayunar. Hasta que no me he tomado un par de cafés mis neuronas trabajan a una velocidad mucho más lenta de lo que ya es habitual, prácticamente lo justo para tratar de localizar cualquier local abierto donde sirvan desayunos.

No es tarea sencilla, se ve que la noche pucelana deja maltrechos a los habitantes de la ciudad y a las diez de la mañana está casi todo cerrado. Nuestro esfuerzo se ve recompensado después de un rato  por una cafetería/pastelería en la que ya hay algunos parroquianos. Nos sentamos en una de las mesas y pedimos un desayuno. Tomado el café, me sorprende la calidad del pan y del aceite. Estoy empezando a despertar. Pero cuando todas las neuronas se ponen a régimen es cuando pego el primer mordisco a un pequeño hojaldre que acompaña al desayuno ¡Qué textura de la crema! ¡Qué sabor!  ¡Qué ligereza del hojaldre! ¿Cómo puede haber tantas sensaciones concentradas en una cosa tan pequeña?

Ya despierto, miro a mi alrededor y descubro donde estoy, Confiterías Cubero. Hay una bonita exposición en la que,  con materiales de confitería, se reproducen obras arquitectónicas significativas, realizadas por Enrique Cubero, que nos dan una idea de la genialidad del anterior propietario y de la pasión que ponía en su trabajo. Su familia, de acuerdo con la información que nos proporciona el camarero muy amablemente, conserva las piezas en su memoria.

Salimos de la confitería, con el sabor de la crema que no quiere marcharse de la boca, a dar una vuelta por el Campo Grande, un bosque incrustado en el centro de Valladolid. Hacemos un poco de tiempo para dar una vuelta por un local que nos han recomendado con mucho interés, Villa Paramesa.

La verdad es que  cuando vi la información de su página, y leí juntas las palabras tapa y elaborada en una misma línea, no me sentí muy inclinado a la visita. Soy persona de gustos sencillos, al que la tapa de albóndigas de “Er Betis” le parece merecedora de monumento a la gastronomía. Sólo de recordarlas ya estoy salivando, ansioso por esas vacaciones que parecen tan lejanas, en las que volveré a degustar la sencilla tapa con una copa de fino Pavón fresquito. Todo llegará.

Olvidadas mis reticencias entramos en el bar temprano, no hay demasiada gente todavía, y Elena y yo nos acomodamos en la barra. Una chica rubia de pelo corto, que ilumina la sala con su sonrisa (lástima que ese día no la prodiga en exceso), nos saluda y pregunta que queremos. La carta de tapas es atractiva (los nombres excesivamente largos para mi, todo hay que decirlo), y nos decidimos por carrillera de ibérico al regaliz con pera, y la mini hamburguesa con manzana, cebolla y mostaza. Acompaño la carrillera con Abadía Retuerta Selección Especial 09, que le complementa con corrección. Los vinos, la mayoría en magnums, se sirven en copas SCHOTT Riedel, . Un detalle.

La carrillera es un prodigio de equilibrio, tanto de sabores como de presentación. Nada falta, nada sobra. El dulce y ácido de la pera, casa perfectamente con el salado de la carne y el amargo del regaliz, formando un todo perfecto. Las texturas también forman una conjunción perfecta, con una carne tierna pero consistente, que juega con la pera haciéndome olvidar el tipo de cocina, las palabras del nombre, todo menos la delicia que saboreo.

Este comienzo necesita de acompañamiento. Me decido por los buñuelos de manitas de lechazo. Recuerdo haber oído maravillas de esta tapa en alguno de mis blogs de cabecera, y realmente no me defrauda. Lo acompaño esta vez con un toro, San Roman crianza 07, y no es ningún acierto. El sabor delicado del buñuelo queda empañado por la potencia del vino, pero no tanto como para no disfrutar de nuevo con el juego de texturas y sabores. Una pena no haber continuado con el Abadía que le hubiera ido como un guante.

Para terminar probamos el tiramisú a la fruta de pasión. Un acierto completo,  el contraste de sabores de la crema de mascarpone con la acidez de las frutas exóticas era sencillamente delicioso. Para terminar un par de cafés y salimos, tenemos que marcharnos de nuevo a Madrid. Creo que si el servicio hubiera sido un punto más cercano, me hubiera mudado a Valladolid.

lunes, 11 de junio de 2012

La Parrilla de San Lorenzo.

Una de nuestras actividades favoritas, de Elena y mía, cuando estamos en una ciudad que no conocemos es perdernos callejeando con las cámaras colgadas y dejarnos llevar por las calles del centro. En Valladolid pasamos una muy buena tarde así, disfrutando de los edificios del centro histórico y haciendo algunas fotos a magníficos balcones (la jardinería es otra de mis pasiones).

Paramos en una cervecería “con alma”, El Minuto. No sabría decir que es lo que nos ha traído aquí. Tal vez  el ambiente no demasiado tradicional, la atmósfera de “aquí se han vivido muchas cosas” o la sonrisa permanente de los dos chicos que atienden la barra. Entramos, y con una pinta de Mahou bien fría reponemos fuerzas.

No hemos decidido aún qué restaurante visitar para la cena. Yo prefiero los sitios tradicionales, de cuchara. Bien es cierto que poco a poco voy haciéndome más arriesgado (debe ser la edad), y a veces acudo a sitios en que los nombres de los platos tienen más de cinco palabras, límite que era incapaz de sobrepasar no ha mucho tiempo.

Nos decidimos por “La Parrilla de San Lorenzo”. Nos la han recomendado algunos amigos, y me apetece algo sencillo, un sitio en el que se preste atención a la materia prima de primera calidad. También es cierto que de entre los que estamos dudando es el más cercano, y después de un paseo de varias horas la pereza va haciendo mella.

Está la parrilla en un antiguo convento del siglo XVI. Un amigo pucelano me cuenta que el local, en sus años jóvenes, había sido una carbonería. Ahora está muy de acuerdo con el slogan con que lo promocionan: “comer en un museo”.

Llegamos sobre las nueve, y encontramos una barra mediana completamente llena por lo que parece gente del lugar, a los que los dos camareros que la atienden tratan con cierta complicidad. Parece que el local se nutre de parroquianos habituales, ¡no está mal como primer indicio!

Seguimos hasta el final del pasillo/barra, y nos encontramos en un distribuidor junto al que podemos ver un horno en el que un atareado cocinero va metiendo algunas piezas de carne con un aspecto excelente. Elena me dice que la decoración es algo recargada, puede ser, pero en esta ocasión sólo tengo ojos para una pierna de cordero que sale del horno, con su fina costra... ¡no está mal como segundo indicio!
El maître nos atiende con prontitud y tras enterarse de que no hemos reservado nos acomoda en un pequeño comedor, en el que tan sólo hay cuatro mesas perfectamente dispuestas para recibirnos. Unos segundos después nos entregan las cartas, también un poco recargadas, en mi humilde opinión.


Tras ofrecernos por cuatro veces agua, y cuando estoy a punto de asegurarles que ya me he duchado hoy, Elena hace un gesto indicando que ya hemos decidido. Pedimos para beber un Valduero crianza 08, tengo ganas de comprobar si la influencia de Goyo García Viadero, cuyos vinos tuve ocasión de catar no hace mucho, llega hasta el resto del grupo del que es accionista. La verdad es que encontré el vino con una carga frutal interesante, acompañada por notas ahumadas, de madera y especiadas, que no resultan excesivas. El camarero deja sobre la mesa una pequeña etiqueta que había en la botella según la cual el vino mereció 90 puntos Parker. La retiro con disimulo, me pude amargar la cena…

Los platos se van sucediendo con precisión, dejando el tiempo suficiente para que disfrutemos la cena, sin agobiar en absoluto. El servicio muy amable, en su punto, como los chipirones en su tinta que nos sirven como entrante. Muy frescos, hechos en su justa medida, lo que les proporciona una textura ideal, al dente. La salsa sabe a mar (o estoy echando de menos los olores de las salinas de mi pueblo), acompaña perfectamente los chipirones, de buen tamaño. Presentación muy sencilla, con un poco de arroz blanco dispuesto en una tulipa de pan tostado. No necesitan de mucha historia, están exquisitos.

Elena recibe su merluza rellena de marisco, y yo mis chuletillas de recental. De nuevo presentaciones muy sencillas, y otra vez la excelencia en el trato de una materia prima impresionante. La carne tierna, jugosa, en su punto de cocción, con partes levemente crujientes hace que me sumerja en mis pensamientos, saboreando. El buen vino, y la voz de mi mujer que me dice que baje de la nube me devuelven a la realidad.

Llega el momento del postre, y nos ofrecen la Tarta de las Monjas, ¡enorme acierto! Bizcocho ligero con una crema de trufa, bañado en una ligerísima salsa de natillas y decorada con chocolate. Realmente impresionante, de subir al cielo.

Termina la cena y damos un paseo por las calles pucelanas, estoy un poco absorto, no ha estado mal la cena. Casi se me ha olvidado que la carta de vinos no era demasiado amplia, que la decoración era algo recargada, que la atención, aunque extremadamente amable, era mejorable. Es lo que tienen los platos que me encantan, me hacen perder la memoria. ¿O no era eso?

jueves, 7 de junio de 2012

Presentación de la DO Jumilla en Madrid.

La Denominación de Origen de Jumilla presentó los vinos que pone en el mercado en este año 2012 en el Hotel Miguel Ángel, marco que viene siendo habitual en Madrid para este tipo de citas. No dudé en darme una vuelta. La verdad es que el tiempo que tenía no era excesivo, y el calor que hacía en Madrid tampoco animaba a acercarse a estos vinos normalmente maduros, y con un contenido alcohólico importante.

Decidí pues no buscar, como es habitual, bodegas que me dieran sorpresas, sino acercarme a las que ya conozco para comprobar que tal se presenta la nueva añada que está saliendo a la venta. La labor de documentación tuvo que ser un poco más exhaustiva que en otras ocasiones,  preparando una visita que fue algo más “encorsetada” de lo que me hubiera gustado.  No obstante, como veréis,  hubo lugar para algunas sorpresas.

Llego a la sala en la que encuentro bastante gente. Faltan algunas de las bodegas de mayor “relumbrón”, pero la representación es suficiente en cantidad, y espero que en calidad. Me dirijo hacia la izquierda y encuentro uno de mis objetivos, Bodegas Luzón.

Tras charlar con uno de los comerciales presentes en el stand, confirmo que las barricas se usan nuevas a los vinos de mayor crianza, y van pasando con el uso según descendemos en la gama. Los vinos catados confirman la charla anterior, tanto Luzón Verde 11 como Luzón Roble 10 son vinos  plenos de fruta y monte bajo, potentes y ligeramente astringentes, con unos agradables toques balsámicos y de regaliz. El Roble tiene en nariz unos tostados que no molestan, quedando detrás de la fruta. Castillo de Luzón crianza 08 es equilibrado y complejo, y aunque está por domar en boca, se le augura una buena progresión por su tanicidad y acidez. Altos de Luzón 07 es el que menos me impresiona, en nariz tiene demasiadas vainillas y chocolates. En boca sin embargo muy agradable, con una acidez y una fruta roja suficiente, quedando las vainillas relegadas a un agradable posgusto.

No dudo que volveré a ellos, vinos de corte moderno con excelentes precios, que darán valor a mi maltrecha cartera, y que sobre todo en boca he encontrado más que agradables.

Doy un par de vueltas picoteando aquí y allá. Encuentro un joven interesante en el Paco Pacheco joven 2011 de Viña Elena. Un tinto de monastrell muy afrutado, con toques de golosina, una acidez suficiente, suave y de persistencia media con un posgusto tremendamente frutal.

Ya para terminar los tintos, en un ambiente poco propicio por el calor para la cata de estos vinos doy una vuelta por el stand de bodegas Juan Gil. Mantienen el nivel a que me tienen acostumbrado. El joven Comoloco entra suave y fresco, pero el que más me gusta es el Juan Gil 12 meses en el que el aroma de cierta complejidad recuerda frutas de hueso sobre un fondo tostado, no obstante donde mejor se defiende es en boca con una acidez excelente, maduro, frutal y largo. Francamente rico. Una pena que después de tanta potencia tinta no pueda acercarme a su blanco, que está levantando pasiones entre los catadores. Hoy me dedico a la monastrell, pero lo pongo en la lista.

Es la hora de los monastrell dulces, tengo un par de ellos en la agenda el de Silvano García que cumple las expectativas con holgura, y Camelot de bodegas Salzillo que me hace saltar los fusibles. Llevo toda la tarde catando con orden, que si estructura, que si volumen, que si persistencia, y en un momento se me olvida absolutamente todo, quedamos en la sala el vino y yo. Aromas muy complejos con frutos secos, cascara de naranja y arrope, fruta, acidez y persistencia. ¡Qué vinazo! Ha merecido la pena el calor, la muchedumbre, el no poder hablar con casi nadie. He encontrado el vino de la tarde, Camelot.

Salgo casi corriendo. El día no ha terminado. Me espera una cata con todo un Master of Wine, Norrel Robertson. Pero eso será otra historia.

sábado, 2 de junio de 2012

Visita al "Hilo de Ariadna".

Me hicieron por Reyes mis hijas un regalo que me llegó al corazón, una de esas cajas de “PlanB” con la que podía hacer una visita a una bodega. Sabiendo lo que me apasiona este mundillo, pensaron que no había nada que me pudiera gustar más.

Buscando entre las posibilidades una que cumpliera las característica de vino blanco (a Elena, mi mujer, no le gusta el tinto), sitio que tuviera algún interés añadido (en realidad el mundo del vino tampoco le interesa demasiado), y que no estuviera demasiado lejos de Madrid, decidimos pasar el fin de semana en Valladolid y visitar la bodega del grupo Yllera, “El Hilo de Ariadna”. Había un par de referencias gastronómicas en Valladolid que me apetecía visitar, con lo que se redondeaba el círculo.

Programado el GPS con las coordenadas geográficas que figuraban en la información de la caja, me llevo el primer susto, me dice que el destino se encuentra en una carretera de tierra. Pienso que no es tan raro que una bodega esté en el campo y nos ponemos en camino. Voy pensando en si será esta la oportunidad de separar a Elena del poder del “lado oscuro” (la Cruzcampo bien fría), pero la verdad es que tengo pocas esperanzas. El “lado oscuro” es muy fuerte en ella.

Tras dos horas de viaje llegamos a Rueda, y cuando el GPS dice el consabido “ha llegado su destino”, después de un par de kilómetros de carriles de tierra, nos encontramos junto a la Bodega Ecológica Menade. ¿Habrá Alice Feiring trucado mi GPS para evitar que me acerque a una bodega “Parker”?

Después de preguntar un par de veces llegamos a la bodega. Ya había empezado la visita, y una amabilísima empleada nos fue contando los procesos de producción de los vinos que produce el grupo en Rueda, blancos y espumosos de Rueda, y tintos de Castilla y León. Eché un poco de menos algo más de profundidad en sus explicaciones, que estaban dirigidas a personas sin conocimiento alguno en el mundo del vino.

Pasamos a continuación a otro de los edificios donde nos sirven un aperitivo, con un delicioso chorizo de León y un fantástico queso artesanal de la zona. Dos productos de demasiado sabor para que los soporte el primero de los vinos que nos sirven,  cantosán 2011, Rueda Verdejo. Un vino que aromáticamente no ofrece ninguna sorpresa, pero que en boca sorprende con una acidez suficiente y un posgusto de aromas cítricos con toques amargos, y lo que es mejor ¡sin frutas tropicales! Pero lo que realmente me llama la atención es que Elena lo mira y dice: Está bueno. Siendo un blanco la sorpresa no es excesiva, lo mejor está por llegar.

Nos sirven el tinto, Yllera crianza 2009, (100% tempranillo), DO. Castilla y León. Un vino que aún manteniendo en nariz excesivos aromas tostados y de vainilla, no está exento de frutos rojos, y que en boca presenta cierta acidez, no suficiente para mi gusto. Lo que más me sorprende es su tremenda amabilidad, sus taninos perfectamente pulidos, muy elegantes. Bueno, realmente lo que casi me para el corazón es que Elena dijo: Este también me gusta. Miré la botella con escepticismo, y acerqué la nariz para asegurarme de que no la hubieran rellenado. No había duda,… era vino. Todavía hay esperanza.

A continuación nos llevan a los subterráneos que constituían la antigua bodega, y que tras un incendio han sido transformados en una atracción en la que pasando por las antiguas bodegas de los habitantes de Rueda, se relacionan los vinos del grupo con los personajes del mito de Ariadna.

Aparte de la relación mitológica, a mi juicio un poco forzada, el paseo de unos 700 metros fue para mí, un viaje al pasado. Caminar por los lugares en los que hace unos 100 años las gentes de Rueda elaboraban de forma artesanal sus vinos, por los estantes en los que están perfectamente apiladas las botellas de Yllera que alguien dispuso así a mano, por las rimas con las botellas de espumosos tal como quedaron después del incendio (allí no llegó el fuego) me trasladaron a un mundo en el que el vino se hacía en las viñas. Fueron bonitos momentos y buenos recuerdos.

Para los que hayan pasado por allí, me fui sin año de buena suerte, los principios son los principios.

Terminada la visita ponemos rumbo a Valladolid. Por el camino voy pensando en lo que he visto, una bodega con vinos comerciales, cierto, pero que realiza productos correctos, y lo que no es tan habitual, perfectamente acabados, en un muy buen momento de consumo. Vinos que seguramente serviré en mi casa en las cenas con esos amigos que me preguntan si los vinos son de los buenos, o de los míos. Una buena solución de compromiso.

Seguimos hacia Valladolid donde nos esperan “La Parrilla de San Lorenzo”, y sobre todo, “Villa Paramesa”. Pero eso, serán otras historias.