viernes, 15 de junio de 2012

Villa Paramesa, y alguna cosilla más.

Comienza el último día de nuestra fugaz visita a Valladolid, y nos vamos a dar un paseo por la ciudad, a la búsqueda de un sitio donde poder desayunar. Hasta que no me he tomado un par de cafés mis neuronas trabajan a una velocidad mucho más lenta de lo que ya es habitual, prácticamente lo justo para tratar de localizar cualquier local abierto donde sirvan desayunos.

No es tarea sencilla, se ve que la noche pucelana deja maltrechos a los habitantes de la ciudad y a las diez de la mañana está casi todo cerrado. Nuestro esfuerzo se ve recompensado después de un rato  por una cafetería/pastelería en la que ya hay algunos parroquianos. Nos sentamos en una de las mesas y pedimos un desayuno. Tomado el café, me sorprende la calidad del pan y del aceite. Estoy empezando a despertar. Pero cuando todas las neuronas se ponen a régimen es cuando pego el primer mordisco a un pequeño hojaldre que acompaña al desayuno ¡Qué textura de la crema! ¡Qué sabor!  ¡Qué ligereza del hojaldre! ¿Cómo puede haber tantas sensaciones concentradas en una cosa tan pequeña?

Ya despierto, miro a mi alrededor y descubro donde estoy, Confiterías Cubero. Hay una bonita exposición en la que,  con materiales de confitería, se reproducen obras arquitectónicas significativas, realizadas por Enrique Cubero, que nos dan una idea de la genialidad del anterior propietario y de la pasión que ponía en su trabajo. Su familia, de acuerdo con la información que nos proporciona el camarero muy amablemente, conserva las piezas en su memoria.

Salimos de la confitería, con el sabor de la crema que no quiere marcharse de la boca, a dar una vuelta por el Campo Grande, un bosque incrustado en el centro de Valladolid. Hacemos un poco de tiempo para dar una vuelta por un local que nos han recomendado con mucho interés, Villa Paramesa.

La verdad es que  cuando vi la información de su página, y leí juntas las palabras tapa y elaborada en una misma línea, no me sentí muy inclinado a la visita. Soy persona de gustos sencillos, al que la tapa de albóndigas de “Er Betis” le parece merecedora de monumento a la gastronomía. Sólo de recordarlas ya estoy salivando, ansioso por esas vacaciones que parecen tan lejanas, en las que volveré a degustar la sencilla tapa con una copa de fino Pavón fresquito. Todo llegará.

Olvidadas mis reticencias entramos en el bar temprano, no hay demasiada gente todavía, y Elena y yo nos acomodamos en la barra. Una chica rubia de pelo corto, que ilumina la sala con su sonrisa (lástima que ese día no la prodiga en exceso), nos saluda y pregunta que queremos. La carta de tapas es atractiva (los nombres excesivamente largos para mi, todo hay que decirlo), y nos decidimos por carrillera de ibérico al regaliz con pera, y la mini hamburguesa con manzana, cebolla y mostaza. Acompaño la carrillera con Abadía Retuerta Selección Especial 09, que le complementa con corrección. Los vinos, la mayoría en magnums, se sirven en copas SCHOTT Riedel, . Un detalle.

La carrillera es un prodigio de equilibrio, tanto de sabores como de presentación. Nada falta, nada sobra. El dulce y ácido de la pera, casa perfectamente con el salado de la carne y el amargo del regaliz, formando un todo perfecto. Las texturas también forman una conjunción perfecta, con una carne tierna pero consistente, que juega con la pera haciéndome olvidar el tipo de cocina, las palabras del nombre, todo menos la delicia que saboreo.

Este comienzo necesita de acompañamiento. Me decido por los buñuelos de manitas de lechazo. Recuerdo haber oído maravillas de esta tapa en alguno de mis blogs de cabecera, y realmente no me defrauda. Lo acompaño esta vez con un toro, San Roman crianza 07, y no es ningún acierto. El sabor delicado del buñuelo queda empañado por la potencia del vino, pero no tanto como para no disfrutar de nuevo con el juego de texturas y sabores. Una pena no haber continuado con el Abadía que le hubiera ido como un guante.

Para terminar probamos el tiramisú a la fruta de pasión. Un acierto completo,  el contraste de sabores de la crema de mascarpone con la acidez de las frutas exóticas era sencillamente delicioso. Para terminar un par de cafés y salimos, tenemos que marcharnos de nuevo a Madrid. Creo que si el servicio hubiera sido un punto más cercano, me hubiera mudado a Valladolid.

2 comentarios:

  1. San Román, o solo, o poderosamente acompañado sin contemplaciones, o esperas con él abierto un par de horas...

    El hojaldre... me ha recordado a mis Miguelitos del alma...

    Lástima lo de la sonrisa.

    Luis

    http://todalavidaescuento.blogspot.com

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    1. Tienes toda la razón, no fue muy afortunada la elección. Igual tuvo la culpa la sonrisa, o la falta de ella ;)

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