miércoles, 29 de agosto de 2012

El Sueño de Baco


La apertura de una nueva tienda de vinos en Madrid, no debería ser una noticia reseñable. En una ciudad que, junto con su área metropolitana, cuenta con unos seis millones de habitantes el flujo de apertura, y cierre de nuevos locales debería ser normal. El ciclo de la vida.

Este es sin embargo un local particular, que conocí por casualidad. Estaba yo lamentándome del cierre por vacaciones de la vinoteca García de la Navarra. Llamé a Luis Miguel de Blas, con quien debía encontrarme allí, que me dijo que tal vez me interesara la tienda de vinos donde se encontraba en ese momento. No vi nada de especial en ello, pero me llamó la atención que la definió como una “feria abierta”.

No le presté demasiada atención a la tienda. La prioridad estaba clara, si tenía la oportunidad de charlar un rato con un señor del vino como es Luis. Buen conversador, me contó animadamente su proyecto. El no haber podido probar sus vinos con tranquilidad, y la ilusión de la posibilidad de visitar  su bodega en el futuro, han hecho que esa sea una historia que no  contaré ahora.

Me llamó la atención su filosofía simple, pero certera. Luis divide la persona en tres tercios, la primera por encima del corazón es la parte racional, desde la cintura al pecho es la parte pasional. No definió la parte inferior… yo la llamaré zona instintiva.

Esta idea la relaciona directamente con el mundo del vino, encajando productores y aficionados, en personas con una preponderancia de la zona pasional sobre la racional. En distribuidores y comerciantes, según su teoría,  la racional sería la zona dominante.

 Salí de “El Sueño de Baco”, nombre de la tienda en cuestión, con la idea de volver. Aunque, como decía, no le presté excesiva atención, me quedé con la idea deprobar que era esto de una “feria abierta”.

Me lo explicó Alejandro, a mi vuelta. La filosofía de la tienda con respecto al usuario final es que el cliente puede catar el vino, antes de comprar. Adquiriendo sólo el vino que le gusta. ¡No, no se puede beber lo que uno quiera y largarse! Recordad, comerciante igual a modelo racional, y en esto la teoría encaja a la perfección.

Al llegar a la tienda por primera vez, al cliente se le hace una tarjeta válida para cinco catas. Cuando compra una botella se le añaden dos catas a la tarjeta, de manera que el cliente puede beneficiarse del sistema, que a su vez purga al “jeta”.

Oyendo hablar a Alejandro con los bodegueros que van pasando por el local, se ve que el modelo de negocio está bien pensado, no deben quedarle muchos flecos. La tienda, además de para el consumidor final, tiene otras funciones. A las bodegas representadas  les sirve como intermediario frente a distribuidores, importadores, y otras tiendas o negocios de hostelería. El modelo racional de Luis encaja a la perfección con este negocio.

Entendido el funcionamiento de la tienda y con mi tarjeta en la mano, me dirijo hacia los armarios en que se encuentran las botellas, protegidas con un sistema  de gas inerte, y con temperatura controlada. La verdad es que el sistema no puede ser más racional. ¿Dónde está la pasión? La pasión está embotellada. Se encuentra detrás de las ilusiones de los que, como Luis, se afanan por sacarle a la tierra un producto que refleje lo que ella es y lo que le ha pasado cada año. Buscando esa pasión paso mi tarjeta y pulso el botón que corresponde a un vino de Monsant, Rita. Nombre de mujer para empezar.

Se trata de Rita . Vinyes Domenech. (garnacha blanca y macabeo). DO. Monsant. Crianza de cuatro meses en roble francés. Se presenta con aromas de flores blancas, y manzana, algo especiada. Tiene también recuerdos de panadería y unas ligeras notas de cedro. Aromático, algo embriagador. En boca es poderoso, con acidez suficiente, cremoso y largo. Deja un recuerdo cítrico, con notas de madera. No está mal, pero le vendrá bien algo más de botella. Muy bueno minus.

Para el siguiente me muevo a mi tierra. Botani. Bodegas Jorge Ordóñez. (100% moscatel de Alejandría) DO. Sierra de Málaga. La nariz no engaña, uva moscatel que se reconoce a leguas, armonía de flores blancas y manzana verde. Atractivo, seductor. En boca se muestra fresco, con un dulzor que hace releer la etiqueta, que reza “moscatel seco”. Sin embargo, la acidez te hace olvidar la etiqueta. Amplio y agradable. Muy bueno plus.

No es difícil encontrar la pasión, sería imposible esconderla en este mundillo. He encontrado muchos vendedores apasionados, que destrozarían la teoría de los “tercios”. No sé si es el caso de los dueños de “El Sueño de Baco”, aún no les conozco demasiado. De todas maneras para vender “pasión” hace falta “razón”, y creo que de eso tienen en abundancia. Les irá bien, lo sé. Después de todo soy un hombre de instinto.

viernes, 24 de agosto de 2012

Transcender la Realidad


Siempre ha sido mi intención en este cuaderno compartir los buenos momentos que vivo gracias a mi afición por el vino, y las personas que conozco gracias a esos ratos. Más de  una recomendación he recibido para superar esta “fijación”. La última vez, compartiendo un magnífico “Lovamor” maridado con unas magníficas croquetas de puchero en el restaurante “SalGorda”.

Suelo tener muy en cuenta las opiniones de mis amigos, y salí esta mañana decidido a que la entrada de hoy reflejara alguna cata nefasta o algún aspecto negativo del mundo del vino. Ya lo tenía perfectamente pensado. Casi la última cata del curso en la UEC reunía estas cualidades. Syrah australianos de Barossa Valley. Vinos en su mayoría faltos de estructura, con claro exceso de madera y absolutamente fuera de precio para la calidad que ofrecen.

En la cata me enteré de que había despedido de una de las tiendas de mayor relevancia de Madrid a Javier Gila, parece ser que por no poder asumir su nómina. Que estas cosas pasen a un profesional de su trayectoria, al que admiro sinceramente, también merecía “rajar” un poco. Mi “fijación” está casi lista para ser superada.

Le doy un par de vueltas en la cabeza a la entrada. Me gusta ir armándola mentalmente, para después teclearla casi sin pensar, dejar que fluya. Ya está prácticamente lista. Pongo la radio en el coche. Me gusta la música de los ’80. Cuentan como Billy Joel, “gracias” a un accidente perdió su carrera de boxeador. Suena “Piano Man” (lo sé, soy un carroza), que me recuerda  cómo la música puede hacer tus sueños realidad, aunque sólo sea por un momento.

No he perdido la capacidad de emocionarme. Estoy solo en el coche y debe haber algo de humedad en el ambiente, porque me toco la cara y tengo que sacar un pañuelo. No puedo, no puedo hacer malas críticas, prefiero obviarlas y traer a la luz las cosas positivas. Hay hechos que denunciar, y trabajos realmente mal hechos, pero este no es el sitio.

Me sumerjo de nuevo en la música, y pienso en un vino que haya tenido la capacidad de hacerme transcender la realidad. Mejor aún, del vino que me gustaría tener junto a mi, si sólo existiera un día más. Sonrío. Lo tengo realmente claro.

Un vino que en nariz está lleno de matices. Tuve la copa delante mi más de una hora, y me sumergí en su aroma olvidándome del mundo. Sólo existía la cacería, acompañada por aromas de bosque, y una fruta negra madura que luchaba por no desaparecer. Existían los recuerdos de maderas nobles, de lejanos mercados orientales de especias, los reparadores balsámicos. Un vino que no te dejaba olvidarlo, y que cuando vuelves a él te recibe con una cara nueva, amable de miel y arrope, de cáscara de naranja. Un vino con una juventud insultante, que te dice que seguirá aquí todavía unos años. Con una acidez imposible, y una tanicidad irreal. Un vino que no quiere dejar tu boca, y sólo te va dejándote la breve amargura de la despedida. Un vino imposible. Castillo de Ygay Gran Reserva Especial 1959.

Hoy me había propuesto sacar a la luz algo negativo, y he fracasado. Conozco muchos aspectos negativos del mundo del vino. He bebido muchos vinos que casi no merecen ese nombre, pero no me apetece recordarlos. La peor crítica que les puedo hacer es olvidarlos.


Escribiendo la entrada pongo de nuevo “Piano Man”, y me doy cuenta de que la historia me la he montado un poco yo sólo. Hoy me gustaría ser ese viejo perdedor que puede conseguir hacerte olvidar de los momentos malos de la vida, y que te preguntara:  ¿Que vino beberías, si hubiera sólo un día más?

PS. Siento que la fotografía del vino no se corresponda con la añada de la que hablo, que caté en una vertical magnífica organizada por Bodegas Santa Cecilia, pero no tengo ninguna botella del '59. Se aceptan donaciones.

lunes, 20 de agosto de 2012

Albillos Madrileños.


Aunque sólo llevo seis años en Madrid, me considero en cierto modo, madrileño de adopción. Y eso que estas pasadas vacaciones me han servido para profundizar mis raíces, y echar de menos mi tierra más allá de lo que creía posible.

Cuando me planteé organizar una cata para iniciar a unos amigos en el mundillo del vino, pensé que no sería mala idea escoger algunos de los que se están produciendo en esta tierra. Vinos que me han proporcionado muy buenos momentos, y que me han mostrado hasta qué punto se están desarrollando en Madrid proyectos interesantes.

Con los calores que estamos soportando pensé que no sería muy oportuno darles a catar unas garnachas, y me decidí por algunos de los vinos que se están produciendo con albillo. Uva que últimamente está teniendo cierta notoriedad, bajo mi punto de vista muy merecida.

Podría decir que mi motivación al organizar la cata fue devolver parte de lo que el mundo del vino me ha dado. Grandes momentos he pasado, y grandes personas he conocido gracias a él. Quedaría muy bien por mi parte, pero no sería del todo cierto. Mi objetivo era, en gran parte, tratar de alejar las botellas de lambrusco de nuestras mesas cuando salimos a cenar. Un objetivo como se ve mucho más prosaico, y más práctico.

La cata tiene bastante aceptación, se apuntan catorce personas, y lo que es más importante para mí, mis dos hijas mayores.

Como no encuentro ningún albillo sin crianza en madera, pienso que será buena idea incluir un blanco gallego, decidiéndome por Leirana. Un vino que estoy convencido no puede defraudar al que se acerca al vino con interés por primera vez. La completo con Navaherreros y Picarana, dos viejos conocidos que no me defraudan, y con 4 monos, que me recomienda Nacho, de La Tintorería.

Después de un buen jaleo para encontrar copas para todos, ya que en mi casa no suelen programarse eventos de este tipo con tantas personas, comenzamos la cata. Explico lo que considero más importante para catar un vino de forma ordenada, que podéis encontrar en este cuaderno en “como hago la valoración”.

He conseguido captar la atención de poco más de la mitad de los concurrentes. Hay incluso quien toma apuntes. Al menos la próxima vez que salgamos a cenar, en la mesa acompañará al lambrusco algún vino.

El primer vino es como decía Leirana 2011. Bodega Forjas del Salnés. (100% albariño). DO. Rías Baixas. No defrauda. Su aroma intenso es difícil de definir para los que se inician, pero poco a poco se encuentra la hierba cortada, los cítricos (limón, pomelo), los aromas a tierra mojada, y al fondo las frutas exóticas (mango y alguna nota de piña). En boca destaca en la entrada su acidez marcada. Es fácil explicar con este vino lo que es el volumen y la intensidad. Su estructura  compensa acidez con fruta y algún detalle amargo. Su final medio/ largo en el que vuelven los cítricos, acompaña notas minerales con un fondo amargoso. Excelente minus. Un buen comienzo.

Seguimos con Navaherreros 2010. Bodegas Bernabeleva. (Albillo, con una pequeña proporción de macabeo). DO. Vinos de Madrid. Fermentado durante unos nueve meses en fudres de roble de 500 litros, y criado con lías finas. El vino comienza tímido, cerrado, con aromas de tierra húmeda, y queso azul. Bueno para explicar como la aireación va modificando los aromas. Con temperatura y aire van a apareciendo los aromas de flores secas, monte bajo, manzanilla, tostados ligeros, humo, seguidos de notas minerales a tierra húmeda. En boca tiene una intensidad media, buen volumen, es carnoso, interesante por sus notas especiadas acompañadas de fruta blanca. Buena acidez. Su final es medio, trayendo de nuevo la manzanilla y frutos secos tostados algo amargos. Muy bueno plus.

El siguiente es Picarana 2010. Bodegas Marañones. (100% albillo). DO. Vinos de Madrid. Cultivo ecológico de viñas de entre 30 y 70 años. Crianza de diez meses en fudres de roble francés, nuevos y usados. De aroma intenso, limpio desde el comienzo. Sobresalen la fruta blanca madura (pera conferencia), muy bien acompañada de notas de limón, tierra seca, pólvora y un sutil fondo de caramelo tofe. En boca es fresco, graso, pero algo ligero de intensidad, y de volumen medio. La madera la encuentro algo marcada, pero no molesta. Final medio/largo, en el que los recuerdos cítricos vienen acompañados de notas de flores secas. Muy bueno.

El último, y el único que no conozco, es 4monos 2010. 4monos viticultores. (100% albillo). DO. Vinos de Madrid. Crianza en barricas de roble francés usadas. Aroma limpio e intenso, en el que destacan las flores blancas, acompañadas de frutos secos tostados y frutas blancas (manzana madura). Con la aireación van destacado los matices minerales de tierra mojada, y piedra. En boca tiene muy buena acidez. Es un vino francamente bien estructurado, con buena fruta y un punto goloso que hacen que el alcohol (15º) no destaque. Muy buen final en el que se aprecia de nuevo la mineralidad, dejando un recuerdo salado y de flores secas. Excelente minus. Fue el que más impactó de la cata. Hubo incluso quien me pidió información de cómo conseguirlo.

Repasando la cata me parece que tal vez arriesgué demasiado con unos vinos, que aunque de muy buena calidad, son algo complicados para la cata de noveles. Sin embargo el resultado no fue malo, todos se divirtieron y en algunos prendió la semilla de la enopatía. Los albillos de Madrid no defraudaron, aunque hay que tener un cuidado extremo en la temperatura de servicio, por su alta graduación. Algunos hablaron de una próxima cata de tintos. Lo mejor de todo es que mis hijas quedaron encantadas. Habra nuevas catas y serán nuevas historias.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Disfrutando lo Sencillo.


Que siempre he gustado de las cosas sencillas no será novedad para los que leen este cuaderno. Bien es verdad, que últimamente me han atraído un par de sitios en los que el nombre del plato tenía más de cuatro o cinco palabras. La carne es débil, y siendo sincero tengo que decir que no lo pasé del todo mal. Si vuelven a la entrada de Villa Paramesa, recordarán conmigo algunos de esos momentos de gran disfrute.

Son varias las llamadas a la vuelta a lo sencillo que he leído últimamente en los blogs que leo de forma regular. Reflexiones, como la de el pingue, con las que no puedo estar más de acuerdo. La ruta de los grandes restaurantes es irreal para la mayoría, que sin embargo podemos hacer mucho por otro tipo  gastronomía de este país, no menos real y mucho más accesible, apoyando lo sencillo.

Mis últimas entradas, perdónenme los lectores, están sirviéndome para curarme de la añoranza de unas vacaciones ya pasadas y que me resisto a olvidar. En esta ocasión me gustaría ilustrar esta reflexión,  sobre el disfrute de lo sencillo, con uno de los locales que más he frecuentado durante mi reciente estancia en Cádiz.

Se trata del Restaurante Potito. Podía haber dedicado Miguel un poco de imaginación al nombre del local, que a mí me recordó cuando lo vi a los frascos de comida infantil, pero prefirió ponerle su apodo. No está mal del todo, porque desde el primer momento en que llega uno se da cuenta de que todo está impregnado de la filosofía de su propietario. Trabajo duro, buen trato al cliente y frecuentes viajes al mercado para conseguir productos de calidad a buen precio. No van a encontrar muchos lujos en su local, todo sea dicho.

Elena y yo llegamos a él de casualidad, después de uno de nuestros paseos por el lado de la mar en Cádiz. Nuestro objetivo era tomar una caña, y a Elena le gustó una terraza a medio camino entre La Cortadura y el Hotel Playa. Buena vista la de Elena, porque fue el local del verano.

Nos sentamos allí y pedimos un par de cañas, explicándonos Poti que en el precio de la caña iba incluida una tapa, diciéndonos las posibilidades que había. Pedimos unos boquerones, que tardaron un poco en llegar. Mereció la pena la espera, porque la cocinera, que dudo sepa algo de las nuevas técnicas de cocina con hidrógeno líquido, la freidora la domina. Los seis boquerones incluidos en la tapa estuvieron en la mesa un suspiro.

Volvimos por allí cuatro o cinco veces, y nos dimos cuenta que lo del primer día no fue casualidad. Las tapas que acompañan la cerveza son unos días jureles, otros unas pequeñas caballas, boquerones, cada día lo que a Poti le gusta en el mercado a buen precio. La preparación es siempre sencilla, pero excelente. La vista de la puesta de sol sobre la playa , única.

Recuerdo la visita que hice junto con mis tres hijas, adictas a las tortillitas de camarones. En sus palabras, no las comieron mejores. Recuerdo ese momento como uno de los mejores de las vacaciones, por haber disfrutado de la compañía de mis niñas, lo que no es ya muy frecuente, y por el buen pescado frito de Poti.

En una ocasión me enseñó  una dorada que podía pesar algo más de un kilo, diciéndome: Se la preparo como quiera por veinte euros. Un animal que el día anterior estaba disfrutando de las aguas de la bahía, de carnes prietas y mancha dorada intensa. Me refiero a la dorada, no se me despisten. Habíamos comido bien ya esa noche, y le dije a Poti que para el día siguiente. Con ese gracejo que sólo los gaditanos tienen, me contestó: Sí,  le va a estar aquí esta esperando mañana... Una pena.

Salí por el puente Carranza camino de Madrid pasando revista a unas vacaciones magníficas. Un ratillo dediqué a los buenos momentos pasados en el Restaurante Potito, de nombre poco conseguido, pero al que le debo gratos recuerdos. Me despedía de él recordando a McArthur, “volveré”.

sábado, 11 de agosto de 2012

Tapacai. El Concurso de Tapas del Verano.

En los veranos gaditanos, desde hace ya diez años, se celebra el concurso gastronómico “La Ruta del Tapeo”, más conocido como “Tapacai”. Me ha sorprendido que la mayoría de amigos con los que he charlado, en las ya para mi lejanas vacaciones, desconocían la existencia del evento, que está bien consolidado. Se ve que no ha trascendido las "fronteras" de Cádiz. 
El concurso consiste en el diseño de una tapa novedosa que se ofrece al público junto con una copa de vino de las bodegas Páez Morilla, o un refresco, al precio  de 2,70 euros. La pena es que en la tierra de los vinos generosos ninguna bodega haya dado un paso al frente para sumarse al proyecto. La realidad es que los bares y restaurantes ofrecen cervezas con la tapa, incluyéndola en el precio de la oferta, dada la escasa demanda de los vinos propuestos.
Mi encuentro con el concurso de este año fue casual. Normalmente en los bares adscritos hay grandes carteles que anuncian su participación. No los vimos Elena y yo, tal vez porque caminando por el Paseo Marítimo nuestra vista estaba clavada en la mar que tanto echamos de menos.  Era ya bastante tarde y la playa estaba casi vacía, os aseguro que no miraba otra cosa que la mar.
El paseo desde la playa de Santa María del Mar hasta la de La Cortadura es de unos cuatro kilómetros, y cuando ya llevábamos buena parte de la vuelta andada, me moría por una manzanilla y una buena tapa, sobre todo por la manzanilla. Hicimos “estación de penitencia” en el restaurante Arte Serrano, con una barra de tapas correcta y una muestra suficiente de vinos andaluces. Curiosamente había sitio en la barra. Las cosas de la crisis.
El camarero, viendo que curioseábamos la carta de tapas, que permanece sin variaciones desde que inauguraron, nos habló del concurso veraniego gaditano, sugiriéndonos que lo probáramos. Por cómo me lo explicó, me sentí un poco “guiri”. Es duro esto de sentirse extraño en su tierra.
Este año el concurso tiene algunas variaciones interesantes. Acompañando el bicentenario de “La Pepa” hay tres estilos de tapas en los que los restaurantes pueden participar. Tapacai 1812 es una tapa tradicional similar a las que se tomaban por  Cádiz hace dos siglos. Tapacai 2012 es una tapa de  cocina actual, y Tapacai 2212 tiene un estilo mucho más vanguardista. La verdad es que me pareció original, y me impuse la “dura” misión de ver que tal estaba el nivel del concurso este año.
La primera experiencia, en Arte Serrano, no pudo ser más satisfactoria. Pedí la tapa 1812. No soy yo muy amante de la innovación culinaria, y pensé que para empezar apostaría sobre seguro. Me sirvieron las tortillitas de camarones y ostiones, que ciertamente no me decepcionaron. Innovación justa en una tapa muy tradicional, el contraste de texturas entre los camarones crujientes y los ostiones estaba muy conseguido. Me quedé con ganas de continuar.
Pruebo algunas más en otros bares y restaurantes que, sin decepcionar, no dicen mucho del interés que los locales  en cuestión han puesto en el concurso. Las gulas con pimientos y huevo del Transvaal, mi bar de cañas  de toda la vida, están correctas pero no sorprenden.

Buenas y malas experiencias, como no puede ser de otra manera en un concurso en el que participan más de cuarenta y cinco establecimientos. No quiero cerrar la entrada sin hacer mención de una delas tapas que más me impresionó, la del restaurante El Balandro. Tiene, junto a El Faro, una de las barras de tapas imprescindibles en una vista a Cádiz. Aún recuerdo las milhojas de frutos del mar que ganaron el concurso en 2002.

Este año proponen el "pincho de langostino y corvina en tempura de  camarones con mahonesa de soja". Nombre excesivamente largo para mi, amante de lo sencillo. Se lo perdoné en cuanto lo probé. La gastronomía gaditana es mucho más que la fritura, pero cuando uno prueba un pescado tan sabroso, tan en su punto de cocción, con unos contrastes de sabores tan conseguidos, se olvida de longitudes de nombre y tonterías semejantes. Acompañado de una manzanilla pasada El Almacenista (no incluida en el precio) roza lo sublime.

El concurso  tiene luces y sombras, pero sin duda merece del apoyo de los gaditanos y los que pasamos por allí en vacaciones. Si la oferta de vinos fuera más variada, yo no me movía de Cádiz hasta el 16 de septiembre que finaliza.


lunes, 6 de agosto de 2012

Señorita Malauva.

Vino y juventud son dos términos que muchos pueden llegar a considerar  no miscibles. Los que me leéis  sois testigos de que asisto con regularidad a  las catas y eventos relacionados con el mundo del vino en Madrid. Nunca he encontrado en este tipo de reuniones a mucha gente joven. Y cuando digo joven, sin ánimo de ofenderos a ninguno, me refiero a jóvenes de verdad, no los de espíritu. Ese sector de población comprendido entre los veinte y los treinta años, por concretar.

Algunas intentonas se realizan encaminadas a favorecer el acercamiento entre los jóvenes y el mundo del vino. Yo mismo estoy trabajando en alguna de ellas, que ha tenido como efecto colateral el nacimiento de un grupo de catas en el que participaré, y que ya se lleva reuniendo tres meses.


Este mes de agosto, no creí que fuera a  encontrar nada interesante. Menos aún, un acto que uniera vinos y jóvenes. Sin embargo, os diré con alegría que he asistido a un evento que abre puertas a la esperanza. Os lo cuento.

En el  desierto enológico que es Madrid en agosto, recibo un mensaje de mi amigo Luis con un enlace a una cata que no  era cuestión de desperdiciar, especialmente en época de tanta escasez. Presentación de Bodegas Liberalía en la Enoteca Señorita Malauva.

Es raro que ni tan siquiera me suene el nombre de un lugar de Madrid en el que se desarrollen eventos relacionados con el vino. En este caso debo confesar que ni remotamente. Me dirijo a “San Google” que me conduce a su página web. Siendo sincero la primera impresión es un poco rara. Rosa chicle (que dirían mis hijas) y negro. Un dibujo de una señorita sentada en una especie de ventana. Raro, raro. Pero, de los cobardes no se ha escrito nada, de manera que llamo y reservo. A todo esto, es gratis.

El día programado, nos dirigimos a la vinoteca, situada en Chueca. Llegamos con un poco de tiempo para curiosear la oferta de vinos. No hay mucho que mirar, tan sólo en las paredes algunas botellas de la franquicia. Bueno, sí que hay algo que mirar. Estaba a rebosar de gente joven, de la de verdad.

El espacio está preparado para eventos, con mesas dispuestas en un salón de tamaño medio. Algo escaso para la cantidad de personas a las que se congrega. Nos comentan brevemente la “filosofía” Malauva, lugar en el que se pueden desarrollar una gran cantidad de actividades en grupo alrededor del vino. Algunas de ellas las programa la tienda, pero la mayoría se pueden disfrutar sin ni tan siquiera necesidad de reserva.

Presentan a Juan Antonio, propietario de Bodegas Liberalia, que nos comenta con mucha gracia los vinos. Desde luego es el hombre ideal para llegar a este público.

Tras la presentación y cata de cada vino, nos  dan tiempo para que lo disfrutemos acompañados de quesos artesanales  Campos Góticos. Francamente ricos. Por un error nos acompaña Enebral, un Rueda verdejo,  con una crema de queso azul que se “come” al vino, de aroma interesante, pero volumen discreto.

El segundo vino es Liberalia cuatro, un vino con doce meses de crianza en barricas de roble francés y americano, sin duda nuevas. Nos comenta Juan Manuel lo bien que lo ha puntuado Parker. Lo acompañan con quesos tierno y  semicurado de Campos Góticos, sencillamente deliciosos.

Finaliza la cata con un dulce, Liberalia Uno (VT. de Castilla y León) elaborado con un 90% de moscatel de grano menudo y 10% de albillo. Un vino francamente interesante. Aromático. Dominan en él  los matices de mandarina, acompañados de flores blancas, caramelo de limón y pera. Muy agradable. En boca tiene muy buena acidez, bien compensada por el dulzor de la fruta. Graso, amplio y largo. Deja un agradable y persistente recuerdo a pera conferencia, acompañada de pomelo. Muy bueno. Acompaña muy bien a la crema de queso a las finas hierbas.

El vocerío entre vino y vino es importante. A Juan Manuel le cuesta un poco hacerse oír entre vino y vino, pero con mucha gracia, buena voz y la ayuda de un micrófono lo consigue. Llega el turno de preguntas, y me sorprende la profundidad de alguna de ellas. Se ve que estos jóvenes no es a la primera cata que vienen.

Cuando salgo le comento a uno de los empleados de la tienda la sorpresa que me he llevado con la edad del público, y me comenta que es lo habitual en sus eventos. ¡Ole, Señorita Malauva! Un soplo de aire fresco en el mundo del vino.
La verdad es que la cata fue toda una experiencia, un baño de juventud que me duró hasta que una chica de unos veinticinco años me preguntó: ¿Usted viene aquí con frecuencia? Qué le vamos a hacer, la juventud no se pega. La depresión me dura todavía, será cuestión de beberse un buen vino para olvidarlo.

miércoles, 1 de agosto de 2012

The Wine Room


La figura del aficionado es pocas veces tratada con justicia en cualquier tipo de publicación que trate sobre el vino y la gastronomía. Cuando se le cita  en círculos profesionales, normalmente es para denostarle porque se ha “atrevido” a emitir su opinión públicamente sobre algún producto al que ha tenido acceso. El aficionado es, sin embargo, importante en su faceta de buen consumidor para el cierre del ciclo, que comienza en la tierra, y pasa por la compra y el disfrute del buen vino. También es significativa su relevancia por su acceso a los círculos de bebedores “normales”,  que normalmente no consultan blogs, ni revistas, y que no tienen idea de quién es Peñín, ni tan siquiera el todopoderoso Parker.

Uno de estos aficionados con empuje, es Juan Manuel Figuereo, con el que tan sólo he coincidió un par de veces, pero al que considero mi amigo. Un apasionado del mundo del vino, impulsador de un grupo de catas en San Fernando, y que se ha construido su propio rincón del vino en el garaje de su casa (debe estar casado con una santa). Hombre inquieto, generoso, prudente y con esa sabiduría que tan sólo poseen los humildes. Cualidad, la de la humildad, frecuentemente despreciada en este mundillo. Tiene el gracejo de nuestra tierra. De hecho, debe haberse quedado con su parte y la mía. Cosas de la estadística.

The Wine Room” es su rincón, en el que el vino es el completo y absoluto protagonista. Una pequeña barra en una de las esquinas, muchas fotos en las paredes (me sobraría la de Parker), una mesa de catas en el centro, y un lateral con acomodo para unos cientos de botellas configuran a grandes rasgos el rincón.  

Visité su "espacio para disfrutar el vino" en mi última visita a Cádiz. Me recibió con un muy buen blanco, el riesling 2010 del Domaine alsaciano Zind-Humbrecht. Un infanticidio, pero muy disfrutable. Gran acidez y verticalidad, fondo frutal y una gran mineralidad. Me tiraban más, sin embargo, los generosos que había comentado recientemente en su blog, especialmente el Tío Pepe en rama, de muy difícil acceso fuera de las cercanías de Jerez.  A por él fuimos.

Juan Manuel cata con parsimonia. Deja que el Tío Pepe vaya esparciendo su aroma por la copa. Aromas de panadería, avellanas, balsámicos y de salina. Bebe despacio, a sorbos muy cortos. Un vino equilibrado, ligeramente punzante, fresco, tremendamente largo, con el característico final ligeramente amargo. ¡Qué gran vino!

Le pregunto a Juan Manuel si realmente existen diferencias con el Tío Pepe “normal”. Se dirige al frigorífico y sirve dos copas. Prueba, me dice. En efecto, las diferencias se perciben con facilidad. El vino “comercial” es menos potente, y en él los aromas son más herbáceos y balsámicos. Es en boca menos redondo , pero también intenso y potente como su "hermano".

Termino el fino en rama, y me quedo con algo de pena. Pena porque una bodega de la potencia de González Byass tan sólo haya sacado 900 botellas, pena porque con la visión comercial que siempre han demostrado hayan tardado tanto en ponerlo en el mercado.

Otro de los vinos de los que Juan Manuel había escrito y que me habían llamado la atención es la manzanilla pasada Barón, y en medio de la charla también la catamos. Es una manzanilla que Juan Manuel dice que enamora, y a fe que es cierto. Su aroma es intenso y muy fresco, casi de amontillado. Se mezclan con armonía las almendras con la panadería, sobre fondo de bajamar. En boca entra con frescura, sabrosa, con abundantes toques salinos, y muy larga. De impresionar. Espero que no sea muy difícil de encontrar en Madrid..

Paso  en  "The Wine Room" de Juan Manuel un rato espléndido. El tiempo se para, y sólo existen la amistad y el vino, salpicados por anécdotas y comentarios. El mundo del vino es tremendamente complejo, lleno de dificultades, especialmente en el tiempo que nos ha tocado vivir. Sin embargo, de una cosa estoy seguro, con algunos aficionados de la talla de Juan Manuel, sería algo mejor.