domingo, 11 de enero de 2015

Con Quesos y Vino...

En lo tocante a los quesos siempre he sido muy poco aventurero, algún semicurado de calidad, y los típicos que se usan para cocinar y que pruebo alguna vez. En las pasadas fiestas, sin embargo se me ocurrió que un poco de queso combinado con algún vino acorde estaría bien para romper un poco la sucesión de comidas más elaboradas que habíamos disfrutado. Así que para el día de Reyes mi familia y yo decidimos que el queso iba a ser el centro de nuestra comida.

Aunque llevo ya cerca de nueve años en Madrid, no conocía ninguna tienda de quesos de calidad, por lo que indagué un poco por internet. Mi amigo Mariano, gastrónomo inquieto, me sugirió en el chat de Facebook sin dudar una tienda, Poncelet. Allí acudí.

Nada más entrar se ve que entras en un lugar especial. Cientos de quesos artesanos esperan ser elegidos y llevados a tu mesa. El aroma no voy a decir que sea cautivador, la mezcla de olores es algo fuerte, pero hay una fuerza en la tienda que te hace mirar ensimismado las hileras de productos, perfectamente ordenados y etiquetados.


Hay bastante gente. No es el mejor día, y voy a necesitar que me asesoren. Tan sólo he decidido un par de productos. Los quesos de cabra y oveja de Grazalema. Productos de animales que viven libres en los montes de la sierra norte de Cádiz. Una vez escuché que las comidas transmiten su energía positiva a los que las toman. No soy muy de estos misterios, pero tal vez, en mi subconsciente espero que curen la nostalgia de la luz de mi tierra. En cualquier caso, de una cosa estoy seguro, estarán sabrosísimos. Nos harán disfrutar de un buen rato.

Llega mi turno. El tendero me mira. Le cuento, y me conduce hacia los quesos de mi tierra. No sé bien de que otros acompañarlos y e sugiere un queso de vaca de pasta blanda, el Gebrat D’Obaga del Alt Urgell. Me atiende sin prisa, dedicándome tiempo, explicándome. Me parece una buena elección, y pido para complementar un queso azul. Me sugiere un queso de los Picos de Europa, del valle de Valdeón. Quesos de montaña para curarme la nostalgia de la mar. Una tienda de referencia en esto de los quesos. Una más que le debo a Mariano.

Llega la hora de pensar en el vino. Normalmente con los manchegos semicurados un tinto no muy potente me funciona de maravilla, por lo que es mi primera elección. Un paseo a Enoteca Barolo y a marchar con la botella bajo el brazo. Consciente de mi falta de experiencia en este asunto, tengo la buena idea de preguntar a José Carlos, que me recomienda un chenin blanc del Loira. Los hados se van conjugando para una experiencia única. (Niños, cuando seáis mayores buscad un buen tendero de vinos y fiaros de él).


El Gebrat D’Obaga abre la experiencia. Es este un queso de contrastes, de exterior intenso, cremoso e interior delicado, tierno. Los disfruto con intensidad. Paladeando sus aromas delicados, lácteos. Los recuerdos de nata fresca, algo especiada. Doy un sorbo al vino, Domanine des Cocqueries 2011 (AOC Coteaux du Layon),  100% chenin blanc. El equilibrio de dulzor y acidez, la intensidad del vino te hacen pensar que te has equivocado en la combinación, que es mucho vino para el queso. La intensa cremosidad de la parte exterior del queso, sin embargo, le rescata . En la boca juegan los sabores y los aromas en un baile que me retira de la realidad. ¡Qué buena combinación! ¡Qué queso tan extraordinario! ¡Lo que me estaba perdiendo!

Con los quesos de Grazalema el vino combina a las mil maravillas. El de cabra, cuya imagen engaña ocultando tras una apariencia bonachona, una buena intensidad, contrasta bien con el dulzor del vino, con su explosión de aromas frutales y florales, que hacen que dese volver a sentir la untuosidad firme, lo aromas levemente caprinos y florales. Necesito reiniciar el ciclo. El de oveja, que se quiebra con textura granulosa es más intenso, y de sabor más picante. Tiene lácteos intensos que el vino limpia, queriendo mandar en la boca y preparándote para seguir, refrescando. Seguiría toda la vida. Es el placer de lo sencillo. La alegría de lo auténtico.

Finalizo los quesos con el de Valdeón. Su color lo hace parecer poco amigable, sin embargo fue ideal para rebajar el tempo impuesto por el de oveja de Grazalema. Sus toques levemente dulces y húmedos, su picor no demasiado intenso, y sus recuerdos animales me devuelven al mundo. El vino quiere su amistad y se conjugan a la perfección. Es un final no apoteósico, sino equilibrado y amable. Una música intensa que se va desvaneciendo devolviéndome a mi entorno.

Lo mejor de  esta experiencia de queso y vino, fue compartirla con mi familia. Ver como mis hijas, sobre todo Belén, se van adentrando en este mundo mágico de placer que dan el vino y la gastronomía en buena compañía. Verlas disfrutar de viandas sencillas, que maridan perfectamente con las risas y la alegría. Desde luego no será mi última visita a Poncelet, ni la última vez que pida consejo sobre estos maridajes que me son ajenos, pero con los que he experimentado tanto disfrute. Seguro que serán otras historias.

4 comentarios:

  1. Hola Vicente,
    yo como queso como si lo fueran a prohibir. Mira que si el médico me quitase el vino, me daba un disgusto, pero si me quitase el queso entonces sí que se me abrían las cannnnnes :-/

    Además de Poncelet, que es una pedazo de tienda para los queseros, otro lugar que está muy bien es la tienda que hay en la primera planta del mercado de San Antón.

    Saludos,

    Jose

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    1. Hola Jose
      Muchas gracias por el comentario. Ponecelet es impresionante, por su completísima oferta y por la buena atención. El único pero es que el ambiente es tal vez un poco frío. Me han recomendado también L'Amelie una tienda pequeña cerca del Arturo Soria Plaza. A ver si voy.
      Un abrazo,
      Vicente

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    2. También a mi me la han recomendado. Otras dos referencias son La Quesería (c/Blasco de Garay, 24) y Quesería Conde Duque (c/Conde Duque, 15).

      Saludos,

      Jose

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