viernes, 6 de marzo de 2015

Armonías, Pipetas y Le Petit Bistrot

No tenía ni la más mínima intención de hablar sobre la “revolución del vino” de DavidXO. Sin embargo, un concierto de piano y el picoteo posterior  en Le Petit Bistrot que Elena y yo disfrutamos hace unos días me lo trajo a la memoria y me gustaría compartir contigo mis reflexiones. Supongo que te preguntarás que tiene que ver un concierto de piano con la “revolución del vino”. Permíteme que me explique.

Hacía tiempo que no acudía a ningún concierto de música clásica. Montones de ocupaciones me lo impedieron hasta que mis hijas tuvieron la gran idea de regalarnos entradas para un concierto de una tal “Varvara”, que no me sonaba de nada. El programa que comprendía a Handel, Beethoven y Chopin me pareció atractivo, aunque el barroco interpretado con instrumentos modernos no me guste demasiado.


Disquisiciones musicales aparte, Elena y yo nos presentamos en el Auditorio Nacional. Me sorprende ver más gente joven de lo que para mí era habitual. Veo incluso una chica de unos catorce años con la mochila del cole a cuestas. Una pequeña alegría para empezar. En el anfiteatro, que frecuenté en mis años jóvenes, algunos chavales con pinta de estudiantes partituras en mano.

No detallaré mis impresiones del concierto, sólo diré que esta tal” Varvara” con fuego en el pelo, en  las manos y en el corazón, me emocionó. Se unieron con la música las llamas de su pasión, el viento en sus manos, y las gotas de agua de la música fraguando momentos casi mágicos.

El lleno que presentaba la sala de cámara del Auditorio me sorprendió. El ver una proporción relevante  de gente joven me dio una gran alegría. Y yo me preguntaba que habría que hacer si la música no hubiera atraído público. ¿Qué sucedería si a nadie el comienzo de la sonata 32 de Beethoven le prendiera el corazón como hizo conmigo? ¿Qué habría que hacer si los preludios de Chopin no transportaran al éter a nadie más? En mi opinión habría que dejar de programar este tipo de música (espero que si ese día llega, yo lleve mucho tiempo criando malvas). Seguro que habrá quien proponga que paseen por detrás los ángeles de Victoria Secret. Seguro que se atraería mucho más público. Pero, ¿sabes una cosa? No habría música. Sería otro tipo de magia.

Estos pensamientos se unían en mi mente con las “propuestas” de DavidXO para “revolucionar” el vino. Terminé por cansarme de tratar de justificar lo evidente. El vino se bebe en copa (no se me molesten los defensores de otros usos tradicionales como el porrón, la bota o el tradicional beber a morro, no van por ahí mis disquisiciones). Se bebe en copa porque es la mejor manera de recibir las impresiones en forma de olor y sabor que nos quiere trasmitir el elaborador, que nos quiere transmitir la tierra. Lo de la pipeta y las otras tonterías, no es que me indignen, sólo me parecen chorradas. Cada cual haga con el vino que ha pagado lo que le venga en gana, pero no trate de vendérmelo como “revolución”.

Lo que sí me parece revolucionaria es la experiencia posterior al concierto en Le Petit Bistrot, al que llegamos Elena y yo después del concierto. Nos recibe Carlos con una sonrisa, como siempre. Me propone un blanco con una ligera aguja para el aperitivo. Un monastrell de Jumilla, natural como todo los vinos del bistrot, fresco y afrutado que aparta de mi mente cualquier disquisición que no sea dejarme envolver por su personalidad. Combina de miedo con el humus aromatizado con menta y albahaca, y el paté de aceitunas negras que nos sirven mientras decidimos, leyendo la pizarra que nos trae a guisa de carta.

Nos decidimos por unas croquetas de queso brie con miel, una propuesta sencilla pero sabrosa.  El queso ligeramente fundido contrasta con el rebozado crujiente, y su toque salado con el dulzor sugerente de la miel. La acidez afrutada del vino sirve de contrapunto. Recuerdo las notas de Chopin y el pelo rojo de Varvara. Armonía.


Continuamos con unos chipirones a la brasa. Menudos y sabrosos, con una salsa ligera con crema de Módena y chalotas. Una delicia. Sencilla pero profunda. Recuerdos de mar tranquilo. Del poniente que sopla en Cádiz calmado, refrescante. Recuerdos de pasión contenida como en la sonata de Beethoven, que tan bien interpretó Varvara.


Las propuestas de Carlos tienen algo de música. Armónicas. Conoce el vino. Conoce la cocina y tiene una habilidad especial para tratar a su público. Lo conjuga todo y te hace pensar, disfrutar. Sin complicaciones, como buen intérprete. Todo parece fácil. Todo es único.

Le pido unos quesos de leche cruda, y me propone un tinto. Le pregunto cuál y sonríe. Un tinto con un punto radical, con la volátil en el límite, pero que combina perfectamente con los quesos, de nombre imposible de recordar para mí.  Gradación estudiada de sabores que culmina con un queso bretón serio, en otros tiempos se diría para hombres. El vino limpia con una explosión de fruta roja ácida la boca, culminando esta armonía que a buen seguro hubiera servido para inspirar a algún grande. ¡Qué bueno este Patio “Kabronic”!

Esto si es una revolución. Amor por el trabajo bien hecho. Conocimiento del vino y la gastronomía. Precios del vino contenidos. Saber dónde puedes arriesgar para lograr la combinación perfecta. Servicio atento que se adelanta al cliente, que se siente especial. Os aseguro que no eché de menos pipetas ni conchas de ostra. Un placer pasar un buen rato en la casa de Carlos. ¡Volveré! Y tal vez de esas buenas experiencias salgan nuevas historias.

2 comentarios:

  1. El de la Volátil alta es el Kabronic?

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    1. Hola Jorge

      Yo la vi un poco en el límite. Sin embargo con los quesos me gustó mucho.

      Saludos
      Vicente

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