miércoles, 29 de abril de 2015

El Marciano 2014

He encontrado El Marciano 2014 tan alegre y directo, que no me he podido resistir a dedicarle una entrada, aún a sabiendas que será la segunda de este mes que dedicaré a vinos de mis amigos, en este caso uno de Alfredo Maestro. ¡Es un sufrimiento esto de tener amigos que hacen vinos tan buenos!

Como viene siendo habitual en mis últimas entradas he querido probar este “marciano” acompañado de una receta hecha expresamente, para ver como se comporta  el vino. Como comentario al margen, diré que en una reunión  lo ofrecí a algunos amigos, que coincidieron en varios puntos  interesantes, especialmente viniendo de mentes “sin contaminar”.

Coincidieron estos inexpertos catadores en su gran suavidad. La verdad es que el vino entra como un guante. Después mencionaron su intensidad frutal, que  destacaron como un factor que hacía que les gustara especialmente. El último detalle , en el que hubo mayoría simple y sonrisa general, es que este Alfredo Maestro gasta menos en diseño de etiquetas que Yul Brinner en gomina.

Después de curiosear mis libros de cocina, y presionado por mis hijas, me decido por una receta que les encanta y  que podía armonizar bien con este vino joven sencillo con tanta personalidad, chuletas de ibérico al horno rellenas de mantequilla de orejones. Los que me seguís sabéis  que me van las recetas muy sencillas. Esta, aun cuando por su nombre pueda parecer lo contrario  es fácil y realza el producto. Os la cuento.

Tomo un kilo de patatas y las corto en dados, después de pelarlas y lavarlas. Las cuezo ligeramente, basta con que hiervan cuatro o cinco minutos. Se acabarán de cocer de hacer en el horno.

Mientras tanto, mezclo en la Thermomix algo de mantequilla con un par de ajos, cinco lonchas de jamón, y cinco orejones. Queda una pasta muy aromática, de consistencia cremosa. Me deleito en la mezcla dulzona del olor de los orejones triturados, con el toque salado del jamón y los lácteos de la mantequilla. Los imagino al lado del perfil aromático de El Marciano 2014 y sonrío.

Cojo las cinco chuletas, que tienen un corte longitudinal que pedí al carnicero que hiciera. Siempre procuro no demostrar mis escasas habilidades con el cuchillo si hay un profesional que puede hacerlo con soltura. Abriendo cada una, las unto con una porción generosa de la mantequilla de orejones, cerrándola posteriormente con un palillo. Una vez terminado  el proceso, cubro el recipiente con film de plástico y las dejo atemperar durante una hora más o menos.

Las patatas ya están en su punto de cocción, las pongo en una bandeja para horno, añado una cantidad suficiente de dados de jamón (otras veces las he hecho con bacón, con buen resultado), y algunos dientes de ajo enteros. Un poco de sal y unas vueltas del molinillo de pimienta negra y a esperar. Iba a echarle a las patatas “cajun suave” que me habían recomendado en Spicy Yuli, pero a la hora de la verdad no lo encontré.

Para amenizar la espera abro la botella de El  Marciano 2014. La verdad es que la etiqueta de los marcianos esclavizados es simpática, y da una idea de lo que uno va encontrarse con un vino divertido. Aromas a violetas y fruta roja llegan con facilidad. Este año el vino es muy expresivo y afrutado.


La copa se tiñe de rojo intenso y mis ojos de deseo por pasar de la cata y beberlo. Me retraigo un poco y lo llevo a la nariz. Un vino que lo dice todo en un momento. Locuaz, divertido, atractivo. Cereza roja, y violetas en el campo. Tierra mojada. El marciano entra por la nariz y me abstrae de la realidad. Toma el control de mis pensamientos. Me hace sonreír y pruebo el vino. Intensidad y suavidad. Elegancia y potencia. Vino de contrastes. Tratas de sustraerme de su influencia, pero ya es tarde. Ha llenado mi mente de aromas. Sutilmente, sin que me dé cuenta. Ciruelas rojas maduras y menta. Intensidad que se expande por la boca. Placer sencillo. Una vez demostrado su poder, el marciano se marcha con un guiño frutal que te invita a seguir bebiendo, a no dejarle nunca. Pero tengo que seguir con las chuletas.

Lo que queda es lo más sencillo, sellar un poco la carne en la sartén, y hornear unos quince minutos. Procuro cubrir los ajos con las chuletas. Cuando están horneados con la grasilla del cerdo están impresionantes. Eso sí, quedas inhabilitado para ligar unas horas.

El punto de la carne es vital. Poco hecha es incomestible, y pasada también. Normalmente las dejo un poco menos de horno, y ajusto. A veces he tenido que sacar las chuletas para terminar de hacer las patatas. Eso queda a tu buen hacer de cocinillas.

Sentada la familia a la mesa, bendigo. Me encanta la sonrisa impaciente de mis hijas, y más aún sus caras de placer tras probar los primeros bocados. La verdad es que el contraste entre el sabor ligeramente dulzón de la mantequilla de orejones con la carne tierna y ligeramente grasa es una delicia. El vino contrasta, limpiando la boca y animando a seguir. La acidez juega con el dulzor, animándole a volver en un proceso sin fin, que desgraciadamente termina. No estuvo nada mal.

He sido abducido por el marciano y me ha gustado. ¿Habrá sido un encuentro en la tercera fase? ¿Habrá sido el placer sencillo que proporciona el vino, y el cariño puesto en una receta simple? La verdad es que me da igual. Volveré a visitar a estos marcianos simpáticos, tal vez de ahí salgan nuevas historias.

PS. El Marciano 2014 lo puedes encontrar en La Tintorería. Tanto en su tienda física en Madrid, como online, por unos 9.50€.

lunes, 20 de abril de 2015

Valle del Botijas 2012

Tengo la suerte de tener amigos que hacen muy buenos vinos. Incluso grandes vinos. Hoy me gustaría contar la historia del de Juanma y Ramón.

Estos dos son de los que empiezan los proyectos por el principio. Empezaron apasionándose por  el vino y su mundo. Pisando mucho viñedo. Ellos pueden permitirse beber de lo  mejor, y han ido  formando su gusto con paciencia. Catar en la Despeña a su lado es una gozada. Pensándolo fríamente,  salvo yo que estoy injertado al final, en este grupo hay mucho saber de vinos, mucha ilusión por lo que le rodea, y mucho buen gusto.

Ramón y Juanma vieron crecer los vinos de Alfredo Maestro desde el principio. Vieron como Antonio hacía sus pinitos, hasta llegar a producir un buen vino. Sintieron la llamada de la tierra y se dijeron, ¿y por qué no nosotros?

Creo que una vez tomada la decisión, no le dieron muchas vueltas. Arrendaron unas tierras en el Valle del Botijas, cerca de Valtiendas, y comenzaron su aventura. Produjeron primero con la marca Platinum, pero no recuerdo qué marca de ron se sintió invadida, y ahora puedes beber su vino leyendo en la etiqueta Valle del Botijas. La verdad es que me gusta mucho más el nombre actual, que nos orienta hacia el lugar donde el vino nace.

En la última cata de la Despeña, en la que Jaime nos propuso unos más que interesantes vinos portugueses del Dao, tuve la suerte de que me regalaran una botella de Valle del Botijas 2012. Lo probamos mientras picábamos alguna cosa, pero me gusta escribir de los vinos probándolos en la tranquilidad de mi casa, y al lado de alguna comida, para que el vino se exprese con calma y en su terreno.

Dándole vueltas a qué plato hacer para acompañar este vino me decido por algo sabroso pero sencillo, unos solomillos de ibérico al whisky. Me da un poco de miedo que la intensidad del vino se “coma” el sabor de la carne, pero algo me dice que no armonizarán mal.

Corto los solomillos en medallones de algo más  de un dedo, y los paso por la sartén con aceite de oliva, para sellarlos. Los reservo. Abro la botella y el aroma a frutos rojos maduros va esparciéndose por la habitación. Gran expresividad la de esta añada. Parece que han hecho un vino muy directo.

Todavía pensando en el vino, que va tomando temperatura en la copa, pongo unos ajos en la sartén que se van dorando. A continuación un vaso generoso de whisky. Iba a poner Bowmore White Sands, uno de mis favoritos, pero veo la botella mirarme con mala cara y prefiero utilizar un más sencillo, Ballantines. Seguro qué hace el papel.

Los aromas compiten en la cocina, cierro la puerta para que no me monten la bulla, y me deleito mientras el aroma dulzón del destilado me va trasportando a situaciones que no confesaré, por ahora.

Añado el zumo de un limón, y algo de caldo. Un poco de mantequilla, y voy dando vueltas. Algo de pimienta negra, cuyo aroma aspiro con cierto egoísmo. ¡Qué grandes las especias de Spicy Yuli! La salsa va tomando una textura cremosa de color amarillento.


Medallones de solomillo a la sartén, y ya sólo queda esperar que terminen de hacerse. Unas patatas panaderas, o unas sencillas patatas fritas acompañan de maravilla este plato.

Valle del Botijas 2012, se muestra muy directo desde el principio. Aromas francos a fruta roja madura, acompañados por notas de especias, sobre un agradable fondo balsámico de menta y romero. Es un vino con el que no hay que complicarse la vida, lo que tiene es lo que da, y lo hace desde el principio. En boca un difícil equilibrio  entre potencia y suavidad, en el que los aromas frutales mandan. Buena acidez y un tanino arenoso le auguran un buen futuro, que esta botella me temo que no demostrará. Al final recuerdos balsámicos acompañados de fruta roja te hacen volver a este vino que sobre todo es muy disfrutable, hasta que te das cuenta que se terminó.


Acompaña de maravilla los solomillos, envolviendo el sabor sabroso de la carne y acompañándolo. La sencillez del plato y la falta de complejos del vino se llevan de la mano de maravilla.

Llevo tiempo queriendo cuadrar fechas para visitar sus viñas. Como bien dice Ramón un vino se conoce realmente cuando ves su tierra. Lo apunto en pendientes. Por cierto, este año Juanma y Ramón producirán por primera vez un blanco. Estaré al tanto. Estoy seguro que de ahí saldrán nuevas historias.