lunes, 29 de agosto de 2016

Winter is Coming. Bodega Primitivo Collantes

Estoy ya de vuelta tras las vacaciones y toca recapitular un poco la “tarea” del verano. Interesantes los rosados de Provenza, pero si hay que destacar algo, sin duda es la visita a la bodega de Primitivo Collantes. Te preguntarás qué tiene que ver el lema de la familia Stark de Juego de Tronos, con Primitivo Collantes. La verdad es que está un poco traído a lazo. El asunto es que se me han acabado las vacaciones y se acerca un poco más el invierno, la estación que menos me gusta desde que hace diez años llegué a Madrid para quedarme. 

Pensar en el invierno y volver a Madrid me ha vuelto algo nostálgico, y me ha traído a la cabeza el primer libro de la saga Juego de Tronos, y al señor de las tierras del invierno, Lord Eddard Stark. Un hombre sincero, esforzado, consecuente con sus valores, arriesgado y con una gran capacidad de adaptación a un medio hostil.

Imagino que los hermanos Collantes cuando hace más de 110 años llegaron a Chiclana tendrían algunos valores comunes con Lord Stark. Llegaron de Cantabria a una tierra en la que el calor sofocante y los vientos de levante no animan a los forasteros a las tareas agrícolas. Una tierra en que la uva se vendía a las grandes casas de Jerez y el Puerto para elaborar sus vinos. Ellos lucían sin duda el coraje suficiente para asentarse en las afueras de Chiclana e iniciar un proyecto cuyos frutos disfrutamos hoy, los vinos de Collantes.

La visita a la bodega no estuvo exenta de dificultades, especialmente porque brillantemente confundí en la dirección Ancha por Larga, y el navegador nos llevó a mi hija Belén, mi acompañante habitual en estas correrías, y a mí al centro de Chiclana. Llegamos a la bodega más de media hora tarde. Encontramos allí a Primitivo que ya había iniciado la vista para Lorena Costas, conocida de Facebook, y a una pareja que no me suena.

La comparación de Collantes y la casa Stark casi que la finalizamos aquí. Ni mi enfebrecida imaginación puede imaginar a Primitivo Collantes en versión Robb Stark. Nada menos apropiado para el clima de mi tierra que cargarse de pieles, por allí el invierno es casi anecdótico. Tampoco me parecen la cabezonería ni la falta de previsión de Robb Stark cualidades de Primitivo. Si lo son sin embargo, en lo que lo conozco, la sensatez y la prudencia. Pero, vayamos por partes.

Como decía, entramos en la bodega y nos dirigimos rápidamente a una de las estancias en la que en tres niveles de botas se inicia la crianza de los vinos. Curiosamente el suelo no es el típico de albariza, que he visto tan frecuentemente en las bodegas del marco, sino de una gravilla de poco calibre que llama garbancillo, y que según nos cuenta es más higiénica. Primitivo va construyendo desde los pequeños detalles.

Después de visitar las naves y comentarnos las particularidades de las diferentes elaboraciones con crianzas oxidativa y/o biológica, nos dirigimos a la sacristía, en la que Primitivo nos ofrece Viña Matalian, un blanco seco elaborado con palomino. Me acerco a él con un poco de aprensión, ya he probado algunos de estos “experimentos” y no guardo buen recuerdo. Sin embargo, este me parece un blanco fresco y honesto, con suficiente fruta y buen equilibrio. Un vino de chateo, sin complicaciones, que se bebe con gusto.

A continuación pasamos a algo más serio, el Fino Arroyuelo en Rama. Un vino sin ningún tipo de filtración, que se expresa con rotundidad. Seco. Concentrado, con claras notas salinas en boca. En nariz aparecen notas de heno, junto con recuerdos de polvo de tiza. Buen volumen y persistencia. Uno de los vinos a los que volveré con frecuencia.

Primitivo nos ofrece la posibilidad de catar un amontillado y un fino en tres fases de su evolución, desde la sobretablas, al vino elaborado. Una experiencia didáctica y reveladora, de cómo los vinos van adquiriendo su personalidad y complejidad propias.

Finalizamos la visita a la sacristía probando uno de mis vinos favoritos de la bodega, el Moscatel Oro “Los Cuartillos”. Nos comenta que ha bajado el alcohol del vino dos grados y medio hasta quince, para hacerlo más accesible y darle mayor ligereza. La verdad es que cuando era joven y frecuentaba las bodegas chiclaneras hubiera echado de menos esos casi tres grados menos, pero ahora lo agradezco. El vino es muy agradable en nariz, un moscatel de libro, y en boca tiene un equilibrio que se agradece, con la acidez, la fruta y el dulzor muy de la mano. Un vino tremendo. Aún recuerdo el silencio que produjo cuando lo catamos en el Ranking 2014 de Vinos de Menos de Diez Euros.

Cruzamos Chiclana y nos dirigimos a la bodega de crianza, reino de Arroyuelo, en el que Primitivo nos explica el proceso de selección del fino en rama. Tan sólo doce botas de los cientos que hay en las naves se destinan a este fino sin filtrar ni clarificar. La selección de las botas es dinámica, van cambiando en el tiempo con la evolución de estos vinos vivos. Una maravilla el poder catarlos directamente de la bota, y apreciar sus diferencias, sus particularidades que hacen que cada bota tenga una vida propia.

Finalizamos en el tabanco (despacho de vinos) de la bodega, bebiendo Arroyuelo en Rama en copas de buen volumen y probando, ya casi entrada la tarde, algunas de las raciones que ofrecen. Una carta no muy extensa, de platos sencillos, pero sabrosos y bien ejecutados. Recuerdo salivando las albóndigas al oloroso y la tortilla de berenjenas. Aún recuerdo mejor la charla con Primitivo, Lorena y mi hija Belén.

Unos días después volví con la familia y no había fino en rama. Las copas eran catavinos. Pero las raciones eran igualmente deliciosas.  

Disfruto enormemente con el esplendor que están viviendo los vinos del marco, pero me da miedo recordar épocas pasadas en las que la pujanza llevó a los excesos, y estos al mejor o peor llevado anonimato. Creo que Primitivo es prudente y lo tiene bien claro. Sin embargo no hay que olvidarse. Winter is Coming.

domingo, 21 de agosto de 2016

Equipo Navazos. La Bota de Manzanilla nº55

Hoy he tenido un sueño. Perdía para siempre la posibilidad de adentrarme en la mar. Nunca más podría encontrarme en la soledad llena de pensamientos, de comunicación que viene de alguien más. No volvería a ser rodeado por el horizonte en que el azul del océano se confunde con el cielo. Horizonte que siempre te lleva más allá, penetrando en lo más profundo de tu ser. Hablándote al oído con palabras de amante que sabes infiel.

Hoy soñé que para siempre estaría rodeado por la verde cárcel de los montes. Por los horizontes cercanos y fáciles de ver. Por puestas de sol a las que no puedes alcanzar porque se pierden tras la montaña. Rodeado por mundos fáciles y seguros que no sacan lo mejor de ti. Cercado por el trino de los pájaros que se ríen del marinero que secó los pies.

Hoy soñé que la mar me expulsaba de su mundo, perdidos ya mis años de juventud. Soñé que nunca volvería a encontrarme con sus cambios de humor. Nunca más sentirla plácida, susurrante como brisa que te acaricia y te promete la vida, haciéndote vivir sueños que sabes efímeros pero que te envuelven azules y brillantes. No volver a verla gris, enorme, desafiante. Gritándome con voz ensordecedora, haciéndome sentir el miedo que te penetra en el corazón, y el frío que hace temblar los huesos.

Hoy me despertó el viento de levante. La voz de la mar que llama desafiante, sabiendo que no vas a ir, que como mucho llegarás a unos metros de la orilla. Me acerqué y sentí en los pies la frescura de su caricia. Me adentré un poco más para sentir su abrazo. Falto de pasión. Falso. Hiriente. Sabedor de que no alcanzaré más las cotas de los hombres de la mar.

Vuelvo a casa. Pensativo. Ensimismado en viejos recuerdos que no volverán. El levante golpea mi cara insistente. Compañero en tantas partidas. Amigo absorbente que tantas veces dificulta la vuelta a casa. Esta vez no puedes moverme hacia fuera. La intensidad de los recuerdos es honda, como la voz del cante. Llego de vuelta a casa, y me quedo mirando una botella negra recién sacada de la nevera.

Pequeñas gotas en la superficie que van cayendo muy poco a poco. Vierto un poco en la copa y el vino fija rápidamente mi atención. Recuerdos de vuelta al hogar. Bajamar. Sal y yodo. Sartén con almendras ligeramente tostadas. Brisa del puerto al que acabo de volver. Pastel de almendras en el horno, que hacen para celebrar el regreso. 

Botella de mercaderes sabios. Equipo Navazos reza la etiqueta. Bota de manzanilla nº 55. De mi tierra gaditana a la que tantas veces he vuelto, y en la que no termino de echar raíces. Bebo un sorbo y me gana su frescura, matizada por los recuerdos salinos. Hay algo del alma de la mar en este vino. Y de nuevo la abuela que tuesta avellanas y almendras, rociándolas con algo de sal gruesa. De nuevo los recuerdos de vuelta a casa. Final ligeramente amargo por lo que dejé detrás, superado por el placer de lo que encontré.

Bebo una copa, dos… tres, y las montañas parecen haber abierto caminos. Ya no son amenazantes, ya no encarcelan. El trino de los pájaros saluda al marino que volvió y supo beberse el alma de la mar en esta manzanilla y mirar de nuevo hacia adelante, como hizo siempre hasta que un sueño le encarceló el alma. Ansia por encontrar la puesta de sol detrás de la montaña, por descubrir nuevos caminos en la tierra, como tantas veces los abrí por la mar.

Saca de noviembre de 2014, y la inquietud me acecha de nuevo. Placer efímero. Alma de la mar embotellada que no sé si volverá a curar la añoranza. Me quedo con un nombre para buscar: Sánchez Ayala. Elaborador sabio de manzanillas con nombre de mujer, de cuyas botas salió mi cura. No sé si la tendré mañana. Pero mañana será otro día, y si Dios quiere habrá nuevas historias.