domingo, 16 de octubre de 2016

Los Vinos Dulces del I Salón de Vinos Especiales Verema

Sé que me estoy extendiendo demasiado con el Salón Verema de Vinos Especiales, pero la verdad es que mereció mucho la pena. Permíteme que  le dedique una última entrada de este cuaderno a unos vinos que realmente me apasionan, los dulces. Es esta una categoría de vinos considerada por mucho menor, por lo relativamente fácil de beber. Sin embargo, conseguir un buen dulce, equilibrado y elegante, pienso que es un reto para cualquier elaborador, especialmente en las zonas cálidas de mi Andalucía, o en las pétreas laderas del Duero en la región de los oportos. Comencemos.

La primera sorpresa me la llevo en el mostrador de Terras de Portugal donde pruebo vinos de un par de bodegas que me impresionan muy gratamente. La primera es de Oporto, Quinta do Crastro. Su básico no me termina de convencer, aunque probablemente tenga influencia el notable nivel de los otros dos vinos que presentan: el Vintage 2011, que aunque está muy joven y le falta mucha botella para ensamblarse, por su tanicidad, acidez y fruta estoy convencido de que se convertirá en una grande; y el Colheita 1997, que encuentro en un momento magnífico de consumo, fresco y sabroso, equilibrado, un vino hecho para disfrutar sin complejos. Una bodega, esta Quinta do Crasto, que elabora por método tradicional, lo que para mí le agrega un punto extra. De ese magnífico Vintage ya hay un par de botellas reposando en la bodega para cuando sea abuelo. (¡Niñas, no tengo ninguna prisa! El vino aguantará perfecto muuuchos años).

Continuando en Terras de Portugal tengo la  oportunidad de probar algunos vinos de una bodega que completamente desconocida para mi, Justino de Madeira. Sus vinos tienen un equilibrio y una elegancia que me han dejado con ganas de seguir profundizando en estas elaboraciones que seguro que me van a seguir dando muchas alegrías. En especial me parece magnífico el Justino's Madeira Colheita 1998, un vino para seguir investigando y disfrutando. Un vino con toques de miel, pero muy fresco y equilibrado, que proporciona un placer inmediato, sin complicaciones.

Veo el mostrador de Alvear aligerarse un poco de gente y me acerco. Pruebo sus vinos secos, y me quedo extasiado con su Fino Capataz, que me devuelve a tiempos en los que paseaba entre botas con mi abuelo, probando de aquí y allá, aprendiendo a descubrir los matices que él me iba indicando. Con el Pedro Ximenez Solera 1810 vuelve el déjà vu. Olores que me transportan a la infancia, toffe y pasas soleadas sobre esteras. Sonrisas. Una cara orgullosa que mira a un niño mientras  asiente. Y la boca se vuelve dulce de arrope, fresca de menta y eucalipto, amarga de caramelo ligeramente quemado. Los buenos viejos tiempos, que vuelven a la mente y anidan en el corazón.

Termina el salón para mí y tengo claro donde despedirme, me dirijo lentamente, curioseando, hacia el mostrador de Toro Albalá, hacia mis vinos de meditar. Empiezo con el Pedro Ximenez del 87, un vino untuoso, suave, largo, pero paso rápidamente al Convento Selección del 65. Eucalipto y guirlache. Caramelo casero y notas de ebanistería muy ligeras. Caja de puros. Especias. Podría pasarme la vida oliendo y no acabaría de describir esta complejidad enorme. Este momento indescriptible.  Un vino que en la boca es difícil de describir. Equilibrio perfecto. Acidez que hace posible disfrutar de este prodigio. Chocolate negro y fruta roja. Persistencia eterna.

Me despido de José María, dirigiéndome inmediatamente hacia la puerta. Ya nada del salón importa. Todo ha terminado por hoy. Puede que alguna vez encuentre un vino que me emocione como este. Seguro que de ahí saldrán nuevas historias.

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