jueves, 22 de diciembre de 2016

Forlong "El Amigo Imaginario" 2015

Están haciendo en mi tierra andaluza vinos que innovan, que realmente merece la pena conocer. No es que esto sea sorprendente, porque la mía  fue siempre tierra de vinos grandes, Vinos que saben a mar y se dan la mano con el calor asfixiante del sur. Que saludan al levante ardiente y al refrescante poniente, y que lo mismo pasean por ferias, llenas  de risas y juerga, como por clubes de postín, donde arrugarían el ceño por esas pequeñas muestras de libertad. Vinos que jugarían con todos, si algunos le conocieran. Pero en esta entrada no voy a hablar hoy de las manzanillas y olorosos, de los dulces y los finos que tanta fama siguen dando al sur.

Y es que junto a esos vinos grandes, hay gente con ilusión, que mirando con orgullo el legado que le dejaron sus mayores, quieren hacer cosas nuevas, vinos nuevos. Curiosamente, vinos con el fundamento de la gente sencilla. Vinos como los que bebía mi abuelo después de haberse dejado la piel en el campo. Vinos que acompañaban las risas de los trabajadores después de un día duro, extraordinariamente duro. Vinos sencillos, que bien tratados son la madre de vinos grandes.

Hace ya algún tiempo que los inquietos buscadores de vinos especiales  del Grupo Navazos descubrieron uno de ellos. OVNI le llamaron. Vinos tranquilos, que refrescan el paladar que seca el calor de mi tierra, como ya  hacían en tiempos de mi abuelo.

Hoy quiero compartir contigo uno diferente, un vino que quiere aunar tradición con imaginación, ilusión con frescura. Un vino que no es para todos, pero que algún día puede que abra caminos de grandeza. Un vino que hoy es experimento disfrutable, y que mañana, ¿quien sabe? podría ser parte de una tradición. Hoy comparto contigo un vino diferente, de bodegas Forlong, El Amigo Imaginario 2015. Un blanco con alma de tinto, que quería ser oloroso. Te cuento.

Las uvas con las que se elabora este vino proceden de la finca Plantalina, en el tan nombrado últimamente pago Balbaina. Mar de albariza blanca surcado por cepas viejas, nudosas, que parecen querer beber del cercano pozo de las Ánimas. Tierras que parecen en invierno muertas, en las que en primavera estalla la vida, y en el otoño empieza  la magia, como la que practican Rocio Áspera y Alejandro Narváez con estas uvas.

Uvas que se vendimian bien maduras, y a las que siendo blancas, se les da tratamiento de tintas, para hacer este vino naranja. Uvas que no conocen tratamientos agresivos desde hace ya más de quince años, que son tratadas con mimo, con la ayuda del levante y del poniente, conjurados para obtener un equilibrio frágil, pero posible si se trata a la tierra con respeto. Fermentación lenta y bazuqueo diario, para extraer la esencia de estas uvas que van transformándose lentamente, con cuidado, unos veinticinco días.

El vino va encontrando su esencia, ajustándose a lo que en la imaginación de Rocío y Alejandro tienen pensado, y entonces se descuba y prensa, conduciéndolo a una bota que antaño tuvo oloroso. Bota cerrada, en la que no entra el oxígeno. Vino que respira el aroma del viejo oloroso, oyendo cuentos, o tal vez imaginándolos.  Aromas nuevos, alma nueva para este vino diferente, imaginado con ilusión del niño que necesita un amigo que le acompañe a todas las horas del día, y lo imagina sonriendo, a su lado. El vino va cambiando, acomodándose a esta imaginación única, a este proyecto diferente, que quiere algún día ser grande, como la ilusión del niño.

Ocho meses y se le embotella. La etiqueta tiene que ser única diferente, recordando a una película antigua. Dos monos que se miran sonrientes, juguetones. La admiro y me pregunto como será este vino. Curioso. Lo descorcho y el aroma, intenso de fruta blanca  y de hueso me llama. Vuelvo a él y ya no está, se ha convertido en  aroma de monte y de frutos secos ligeramente tostados. El aroma muta, atractivo, diferente. Tengo que aprehenderlo y no se deja, juega como amigo imaginario, sorprendente. Lo llevo a la boca y se muestra pleno y a la vez desconcertante. Un vino seco con ligeros matices de oloroso. Acidez correcta y buena intensidad.

Un vino que se resiste a los cánones, para el que hay que desaprender lecciones y dejarse llevar por algo diferente. Un vino que puede estar definiendo un estilo, o puede que no. Un vino del que me alegraré siempre de haya estado una vez en mi copa y que seguiré con cuidado, porque detrás de él puede haber algo importante. Sólo algo más de seiscientas botellas de esta magia desconcertante, no apta para paladares señoritos, o demasiado encasillados. Que huye de términos como volumen o equilibrio, para mostrarse como lo que es, diferente, disfrutable.

Mi amigo Armando Guerra me recomendó este vino. Desde luego seguiré sus consejos sabios, de hombre cercano al vino y a la tierra.  En la bodega hay más blancos tranquilos andaluces, seguro que de ahí nacerán nuevas historias.

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