domingo, 12 de marzo de 2017

Moraza Tempranillo 2013

Hace ya unos meses que prácticamente sólo escribo de blancos de mi tierra, y aunque es cierto que he encontrado vinos que me han gustado y emocionado, no quiero cansarte. Es por eso que voy a ir alternando con otras cosillas. He estando dándole vueltas y me parece que una de las zonas donde está habiendo movimientos interesantes, donde hay viticultores inquietos y mucha historia, es La Rioja. Si te  hablo de la salida de Artadi de la DOC, o de los Rioja 'n Roll, estoy seguro de que te traigo ideas que no te van a resultar completamente novedosas, a no ser que la fiebre del vino aún no haya hecho presa en ti... todavía.

Pretendo ir trayendo alguno de estos vinos, que estoy convencido que están haciendo historia en el mundo del vino español, pero también alguna bodega pequeña que normalmente no sale en las noticias y me parece que están haciendo vinos de lo más interesante. Por supuesto, alguno de los clásicos riojanos que me apasionan. Vinos naturales, o procedentes de bodegas que están comenzando a comprometerse con el medio que les da de comer. Vinos que me emocionen, y que creo que pueden gustarte como a mi.

Empezaré con vinos riojanos de tempranillo, o ensamblajes en los que haya una proporción grande de esta uva, que es una de las que más alegrías está dando en nuestras tierras. El "mono" de palomino no se me va a pasar a medio plazo, por lo que iré alternando con alguno de los generosos de mi tierra. Pero, empecemos.

El vino de la historia de hoy es Moraza Tempranillo 2013, un vino riojano de una bodega no muy grande en tamaño, pero con una bonita historia detrás de ella. La primera de las tres condiciones para que un vino me para que un vino me parezca interesante, es su apego a la tierra. Pues bien, los Moraza llevan desde hace unas seis generaciones cultivando sus tierras de San Vicente de la Sonsierra. Sobre todo, vendiendo vinos a granel a los parroquianos de la zona, o a los que acudían por la fama que iban teniendo. No es hasta principio de los años ochenta, cuando empiezan a embotellar sus primeros vinos, empezando la comercialización con su propia marca.

Los Moraza tienen unas veintitrés hectáreas de viñedo a los pies de las Sierras de Cantabria, y de Toloño, las últimas cinco compradas hace un par de semanas, recuperando tierras que fueron de la familia. Sus parcelas tienen orientación sur, mirando hacia el Ebro. Esto, junto con los vientos que vienen del Cantábrico, les proporcionan una frescura que hace que la maduración de las uvas se desarrolle de forma óptima.

Solamente elaboran con las uvas procedentes de sus fincas que cuidan personalmente, las que conocen y ven desarrollarse hasta el punto de maduración que les permite unos vinos plenos de fruta roja, y con la suficiente acidez natural que hace que los vinos se conserven sin necesitad de aditivos. Cada vez más de sus fincas van adquiriendo certificado de viticultura ecológica.

Dice Janire, de la generación más joven de los Moraza, que el mayor legado que tiene su familia es el conocimiento de las uvas que cultivan, y del cuidado que necesitan sus tierras para seguir desarrollándose de forma óptima. Cuidan el medio que les da la vida y lo protegen para que esta se siga desarrollando en ella. Nada de sistémicos, pesticidas o herbicidas. La observación de la tierra, y el trabajo duro hacen que no sean necesarios.

La segunda de las condiciones para que un vino me parezca de interés es que se trate de una elaboración artesanal. No me llaman demasiado la atención las bodegas que producen varios millones de botellas con procesos industriales.

Moraza elabora este tempranillo con las levaduras que la uva proporciona, sin enmascaramientos ni subterfugios. Uva que es recogida en el momento óptimo de su madurez. Me comenta Janire que el año pasado fueron los primeros en vendimiar en San Vicente, buscando frescura y acidez natural. La fermentación se produce en grandes tanques de hormigón, para que la madera no "esconda" la fruta de la que se sienten tan orgullosos. La uva se introduce entera, como se ha hecho siempre en La Rioja, despalillado para conseguir mayor acidez de forma natural. Tras el descube, los vinos son trasladados a otros depósitos de cemento más pequeños, en los que permanecen al menos seis meses, hasta el embotellado.

La última condición para que un vino me parezca interesante, es que esté rico, y este Moraza Tempranillo 2013 me parece un vino para disfrutar, muy bebible, mejor con unas chuletillas de cordero al lado. Es un vino en el que los aromas de ciruela roja muy fresca contrastan con la resina de pino y la menta. Especias muy ligeras, y notas de champiñón, para volver al monte bajo, al romero y al cantueso. En boca es fresco, de amplitud moderada, pero con una fruta jugosa y fresca. Vuelven la fruta roja y los balsámicos a la boca. Fruta intensa, fresca. Finaliza este vino con notas balsámicas y recuerdos de regaliz. Imposible no dar otro trago. Hay margen para crecer, pero no para esta botella.

Tuve la oportunidad de charla con Janire, una mujer alegre y entusiasta, en la que  se percibe con facilidad la ilusión por su tierra, su apego a estas uvas riojanas. Disfruté oyéndole contar como se vino a la universidad a Madrid, con la rebeldía propia de la adolescencia, para darse cuenta de que los presupuestos y las economías no podían hacerle olvidar los paisajes riojanos, la alegría y la libertad que dan el campo.

Seguiré de cerca esta bodega, estaré pendiente de nuevos vinos y nuevos proyectos, estoy convencido que de ahí saldrán nuevas historias.

PS. Las fotos de las cepas viejas y de Janire, me las proprocionó ella, a la que agradezco profundamente su amabilidad y disponibilidad.
PS2. Moraza Tempranillo 2013 puede encontrarse en Enoteca Barolo por 9.30 €.

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