miércoles, 15 de marzo de 2017

Navazos. La Bota de Florpower MMXII

Llevo ya algún tiempo hablando de blancos andaluces tradicionales. Tal vez estoy sobreentendiendo que la mayoría de vosotros conoce este movimiento que está buscando para el jerez caminos nuevos  entre los métodos de elaboración ancestrales . Esos que eran llevados a cabo en Cádiz de forma generalizada, antes de que los encabezados se impusieran. Aún así, me gustaría aclararlo para que no haya duda. Se trata de un grupo de enólogos, viticultores y, en general, conocedores y amantes de estas albarizas gaditanas, que quieren ponerlas de nuevo en valor. Gentes como Willy Pérez, Fernando Ángulo, Ramiro Ibáñez, los Blanco,  Pepe Cabral y muchos otros, que están abriendo horizontes  en Jérez y Sanlucar.

De entre todos ellos, es justo destacar a Ramiro Ibáñez, aunque no me conteste ni un puñetero correo, y no sólo por sus elaboraciones que están abriendo paso a nuevos y pequeños elaboradores, como pronto espero reflejar en este humilde cuaderno. No sólo por su labor didáctica, como la que suponen sus Pitijopos, que ya tuvimos en La Despeña oportunidad de catar, con sorpresa y admiración. Especialmente, por lo que está suponiendo su trabajo, demostrando lo que pueden dar de sí los diferentes pagos de albariza, incluso los más austeros y complicados, como el Carrascal.

También en la periferia hay buenos interpretes. Primitivo Collantes no se está quedando atrás, dinamizando las elaboraciones chiclaneras, y demostrando sobradamente su potencial. He tenido oportunidad de beber con tranquilidad Viña Matalián y Socaire, y de comprobar lo que pueden dar de sí las injustamente tratadas tierras chiclaneras. En el otro lado, ya en Sevilla, los lebrijanos González Palacios  también están trabajando duro y que merece la pena seguir.

Hay que decir que la fama de los excelentes pagos de albariza blanca no es cosa nueva. Ya Miraflores, Macharnudo y Balbaina, por citar algunos ejemplos, gozaron de gran estima desde hace más de un siglo. Tampoco son nuevos los vinos de añada, que gentes, como Paola Medina en Williams Humbert, están recuperando. El movimiento está recibiendo impulsos, que para ser justos gozan hoy día apoyo de los aficionados y también, porqué no decirlo, de la moda.

Los beneficios son claros, más allá de  aprovechar este impulso. Con seguir vinos estables, interesantes, muy disfrutables, y que reflejan meridianamente la tierra de la que proceden es ya un logro. Que tengan cuatro o cinco grados de alcohol menos, no es desdeñable. Pienso que estos vinos son una aportación muy digna de tener en cuenta, a la que espero que el tiempo, y el caprichoso consumidor les mantengan la lealtad y el cariño.

Está claro, como le he leído a Álvaro Girón en muchas ocasiones, que estas elaboraciones son marginales dentro del volumen económico que mueve el vino de Jerez, pero yo pienso que con un poco de tiempo y si cunde el ejemplo, podría ir ganando importancia y porcentaje de ventas. El sistema actual no es sostenible, ni por los precios, ni por los vaivenes de la calidad. Las elaboraciones tradicionales y los vinos encabezados estoy convencido que pueden coexistir, al igual que nuestros vecinos portugueses han conseguido con notable éxito comercial que convivan los oportos vintage (oportos de añada), con los de pago, y los ensamblajes tawny.

Bueno, pienso que por hoy he divagado bastante, y aún no te he presentado ningún vino. El de la historia de hoy tiene que ver con estas elaboraciones de nuestros abuelos, y también con un fenómeno, este perfectamente consolidado, del comercio de los vinos jerezanos. Se trata de Florpower MMXII del equipo Navazos, un vino enorme proveniente de la bodega de José Estévez.

Está elaborado con palomino fino de albarizas de Sanlúcar, concretamente  del pago Miraflores, que tantas alegrías nos está dando en este tipo de elaboraciones. Se vinificó en tanques de inox , trasegándose después a botas bodegueras de 500 litros, donde permaneció bajo velo de flor tres años. Después se paso a un tanque de acero durante ocho meses, ya bajo un velo de flor más sutil.

El resultado es un vino aromático, en el que destacan los recuerdos de panadería de pueblo, junto con membrillos maduros, y flor blanca. Algunas notas de avellanas tostadas, y de jengibre van ganado paso con la temperatura. En boca es amplio e intenso, pero no exento de finura. Fruta bien definida, con una envoltura muy fresca. El vino se despide con notas de frutos secos tostados y membrillo. Un vino para recordar. El segundo día estaba aún mejor, más amplio y bien definido. una auténtica gozada.

He disfrutado en grande con este hallazgo de los Navazos, alguna botella de estos "monstruos" queda aún en mi bodega. Estoy convencido que de ahí saldrán nuevas historias.






5 comentarios:

  1. ... panadería de pueblo. Sólo por eso ya merecería la pena abrir la botella.

    Saludos,

    Jose

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    1. Muchas gracias por tu comentario, Jose. Sin dudarlo, merece la pena abrir la botella, más aún bebérsela, vaya a ser que se oxide.
      Se me ha ido un poco la mano con la descripción, siempre procuro ser sencillo, pero es que el aroma me produce un "deja vu" que me transporta a la panadería del pueblo de mi abuelo, y tenía que ponerlo.

      Saludos
      Vicente

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    2. No, si está bien. El vino nos hace recordar y está bien que expresemos esos recuerdos.
      Lo que es una lástima es que ahora con la basura de pan que se vende ese olor que sale de los "hornos de recalentamiento" es lo que la gente considera que es olor a pan.

      Saludos,

      Jose

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    3. Pues si, tienes toda la razón. Por eso me gusta hacer pan en casa.

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    4. Vino... pan en casa... Una persona de bien ^_^

      Saludos,

      Jose

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