domingo, 2 de abril de 2017

Abel Mendoza. Jarrarte 2013

El inicio de mi recorrido por los tempranillos riojanos está siendo de lo más prometedor, de esos que crean afición. Ha empezado por tintos potentes pero equilibrados, como Moraza y Malaspiedras, intensos, pero no exentos de frescura. El vino de la historia de hoy, sin embargo, destaca la elegancia como factor determinante. No se trata del vino de un elaborador novel, sino de compartir la trayectoria de una bodega, que siendo pionera en su tiempo, mantiene la ilusión por innovar y sobre todo, la cercanía a la tierra y el amor por ella.

Maite y Abel llevan ya muchos años, desde 1988, elaborando sus vinos y poniéndolos en el mercado. No es un mundo que les fuera ajeno en el principio. De hecho, la familia Mendoza lleva varias generaciones cuidando de sus viñas y vendiendo los tradicionales tintos de maceración carbónica a granel. Fueron ellos, sin embargo, los que dieron un paso más e iniciaron un camino que les llevaría a crear una nueva marca, a la que el tiempo ha concedido un merecido prestigio.

Maite en el apartado enológico y Abel en las viñas forman un equipo grande. Comenzaron con pasos prudentes, haciendo un vino que no les iba a sorprender, embotellando sus Jarrarte de maceración carbónica, el vino que ya hacían los abuelos Mendoza. Esos tintos potentes plenos de fruta les ayudarían a cimentar la bodega sobre roca, sin sorpresas. Trabajan sus 16 hectáreas, las que pueden acompañar y cuidar personalmente. Abel hace personalmente las selecciones masales, partiendo de las cepas que sembraron sus abuelos.

Para los noveles, os diré de forma muy básica, que la selección masal consiste en la elección del material para injertar proveniente, partiendo de cepas cuyas características se quiere expandir, ya sea por su rendimiento, o por ser una variedad antigua de la que hay poco material, por ejemplo.

Cuando la base estaba consolidada, allá por el año 1993, comenzaron a experimentar con la crianza. Prueban varios tipos de roble, diversos tostados, y se deciden por la barrica de roble francés. No se sienten atados por el tradicional roble americano. Confían en su instinto, y en su buen hacer. Desde el principio evitan las típicas diferenciaciones de crianza y reserva. Tienen claro que cada año la fruta les pedirá un tiempo diferente de crianza. Eso y la confianza en su trabajo, les lleva a etiquetar sólo con la procedencia, su marca y la añada. Suficiente para apreciar un buen vino, aunque algo corto para los que queremos saber algo más.

El vino que llega a mis manos es Jarrarte 2013. Según me cuenta Maite, el 13 tuvo un verano muy húmedo, en el que la producción no fue muy alta, por la elevada incidencia de la botritis. Llevaban ya varios años no muy buenos, el 11 y el 12 fueron muy calurosos, obligándoles también a recortar la producción. Lo tienen claro. Buscan calidad, y sólo vinifican lo que les parece realmente muy bueno. Abel conoce bien sus viñas, las trata con esmero, y ellas responden con una fruta excelente. Fermentación en depósito de acero inoxidable, y una posterior crianza de doce meses en barrica de roble francés, la mitad de un uso y la otra de barrica nueva.

Este Jarrarte 2013 es un vino aromático. Sorprende con recuerdos de rosas, acompañados por algo de regaliz y algunas guindas en licor. Con la temperatura aparecen pimientas y algo de canela. Cuando le doy el primer sorbo abro los ojos por la sorpresa. Parecería que a esa nariz le debe acompañar un vino maduro. No es el caso. Elegancia y frescura. Fruta roja fresca, y recuerdos de especias y del palodú de mi juventud. Un paso por detrás viene un tanino algo rústico aún, y alguna nota vegetal. Finaliza con unas hierbas aromáticas que sorprenden, y algunos toques balsámicos que le dan persistencia y elegancia. Algún recuerdo vegetal, que podría deberse a esta añada, extremadamente complicada, pero resuelta como la experiencia y la cercanía a la tierra dictan.

Me decía Maite que este vino mejora tras un tiempo con la botella abierta, y tuve ocasión de comprobarlo. El segundo día el vino estaba más redondo, el tanino se había suavizado algo, y el recuerdo vegetal había disminuido. A mi hija Belén, universitaria de veinticuatro años, este vino le gustó mucho. Especialmente destacó lo fácil de beber, lo fresco, y la personalidad del final.

No conocía los vinos de esta bodega, que hubieran sido motivo suficiente para haber iniciado esta serie de entradas sobre los tempranillos riojanos. Estoy convencido de que no será el único que aparecerá en este cuaderno, pero eso serán ya otras historias.


PS. El vino se puede encontrar en Madrid en Enoteca Barolo, y en internet en Gourmet Hunters. En ambos casos por algo menos de 16 euros (sitios más baratos en que los he encontrado)

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