miércoles, 12 de abril de 2017

Angelita. I Shall Return

Nos quedamos en la última entrada en la barra de Angelita, que no es un mal sitio para estar. Me encantan los restaurantes con una barra interesante. Recuerdo los excelentes momentos pasados en la del Faro de Cádiz, probando los platos del restaurante a precios más que comedidos. El único problema allí era conseguir dos centímetros en los que poner la copa. En Angelita no falta el espacio cuando llego, después van acudiendo algunos parroquianos, pero sin perderse nunca la sensación de amplitud.

En una pequeña pizarra en el extremo veo la oferta gastronómica para tomar en la barra. Me parece de lo más apetecible, no me cuesta trabajo decidirme. Los vinos no están cerrados, pero mi confianza en David para estos temas es ciega. He ido por allí tres o cuatro veces y conoce mis gustos perfectamente, lo que le permite hacer algunas elecciones con cierto riesgo, como el La Roche Bézigon 2015 que me recomienda para acompañar los pimientos. Un vino de un productor de Anjou algo excéntrico que lleva las oxidaciones al límite. No apto para todos los paladares, pero que realmente me gustó. Manzana reineta algo verde, corteza de lima y almendras aparecen en una nariz alegre, sin complejos. En boca es amplio y suave. La volátil (olor acético) se marca algo, pero a mí no me molesta. Algo friki, pero bebible.

Casi paso la ensalada de pimientos asados por alto, y desde luego no sería justo. Un plato tremendamente sencillo con el que disfruto en grande. Acompañan a los pimientos dos boquerones en vinagre prietos, en su punto de acidez, que contrastan de maravilla con el dulzor de los pimientos asados, que tienen un aliño muy suave. Jugueteando en el plato una frambuesa fresca, que pone un punto de alegría con el cambio de sabor y textura. Combinó bien con el blanco que me ofreció David.

Le sigue un plato que me encanta, carpaccio de portobello con yema curada. Tenía un aroma tan atractivo que no me acordé de hacerle una foto. Lo siento. Exquisito es una palabra que lo define a la perfección. La yema se parte sobre las láminas de hongo y aparece en el aire un perfume ligeramente trufado que hace que olvide la cámara y me dedique a lo que me gusta, ¡comer! Un carnaval de sabores y texturas llena la boca. El borde ligeramente crujiente, la suavidad propia de la carne del portobello y el sabor y textura del cebollino se mezclan en una sinfonía que me centra en el disfrute de la comida, aislándome del entorno.

Para este plato delicado me sugieren Le Batard, un vino hecho en viñedos del Jorgo, Cebreros, por Raul Pérez para mis amigos de La Tintorería. No lo conocía, probablemente sólo se distribuya a restauración. En cualquier caso, mereció la pena probarlo. Fruta roja muy fresca, algo de eucalipto y monte bajo. Pimienta negra. En boca es intenso y muy fresco. Vuelven los frutos rojos sugeridos en la nariz. Final muy fresco, en el que hierbas aromáticas y fruta dejan un recuerdo amable. Quizás al portobello le hubiera venido bien un punto menos de intensidad, pero aún así la combinación me dejará un grato recuerdo impreso en la memoria.

El último plato del menú de barra es carrilleras al vino. El punto es delicioso, con la carne tierna que se deshace en la boca. Sabor intenso, puede que haya paladares que puedan encontrarlo un punto fuera de equilibrio, pero a mi me pareció sabroso en medida justa. Una almendra en la salsa es el punto simpático, cuya textura sorprende y saca una sonrisa. Un plato clásico, bien ejecutado, con magnífico producto, derrochando sabor.

David me propone un vino chileno para acompañar las carrilleras. No estoy muy ducho en los vinos sudamericanos, pero este pinot noir de Izarraguirre me muestra que es una asignatura que debo acometer a la mayor brevedad. Un vino elegante, con aromas de frutas rojas muy frescas, hierbas aromáticas como romero y salvia, algo de eucalipto y un fondo terroso en el que hay notas de champiñones. Si es elegante en nariz, en la boca no queda a la zaga. Muy fresco, lineal, con fruta roja abundante. Muy suave, con tanino marcado pero redondo. Amplio y persistente. Final en el que se combinan el romero y las frambuesas, con una acidez magnífica. Un vino notable.

Para finalizar me proponen unos quesos y, para acompañarlos, un amontillado que es el broche perfecto para la comida, el de Barbadillo VORS. Un vino que envuelve perfectamente los quesos, creando una armonía para la que sería necesario cerrar los ojos.

Finalizada la comida y, después de agradecer a David el magnífico rato que he pasado en su casa, vuelvo a Colmenar. Queda en mi mente el recuerdo de los interesantes vinos bebidos, de la armonía de los platos en la vista y en el gusto. No olvidaré fácilmente esos portobello, ni el pinot noir chileno, que me hace pensar en abrir las miras hacia nuestros hermanos del sur, durante tanto tiempo abandonados. Pero sobre todo resuena en mi mente una frase histórica: "I shall return".

Puede que de ahí salgan nuevas historias.



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